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martes, 26 de mayo de 2009

EN MOMENTOS DE MEDITACIÓN




Todas las lecturas litúrgicas tienen un efecto positivo y espiritual sobre los cuerpos del ser humano, pero es que, si una persona que está presente se pone en sintonía por medio de la meditación y la oración, el beneficio de sus efectos se triplicará. Cuando una persona entra a una iglesia con elevados sentimientos de devoción, atrae hacia sí mismo los sentimientos, deseos y emociones de idéntica vibración que otras personas han dejado, pero si el individuo entra con un sentimiento de indiferencia o con la sola intención de curiosear el interior del templo, por supuesto que no obtendrá ningún beneficio.
Cuando Max Heindel fundó The Rosicrucian Fellowship en California lo hizo por muchos motivos y todos con la única intención de beneficiar al mundo, pero hay uno muy especial del cual se puede sacar el mismo provecho que saca cualquier devoto de una iglesia, éste es el “Servicio del Templo”. Como en todas las Órdenes, escuelas y religiones, hay unos servicios devocionales que son muy útiles para el desarrollo espiritual, sobre todo si se repiten. La repetición crea un hábito, los hábitos forman el carácter y según sea el carácter, así será el destino futuro en la próxima vida.
Vamos a analizar unas frases del “Servicio del Templo” para ver su maravilloso contenido espiritual. Es muy beneficioso para el Alma meditar sobre estas frases en los momentos de tranquilidad y relajación, y yo puedo afirmar que la meditación sobre estos párrafos por las noches, es de un gran valor en la vida cotidiana.
“”El servicio amoroso y desinteresado que hacemos a los demás es el camino más corto, más seguro y más gozoso hacia Dios”. Si alguien ser pregunta,¿Qué tengo que hacer para acelerar mi desarrollo espiritual? no cabe duda que la respuesta es: SERVIR AL PRÓJIMO CON AMOR. En verdad es un camino de aceleración, si nos levantáramos todos los días con ese sentimiento y con la firme proposición de servir con amor, nuestra vida sería muy diferente. Naturalmente, no se trata de decirlo sino de sentirlo, está bien que antes de levantarnos -en un ejercicio de visualización- nos veamos sirviendo en todas las oportunidades que se presenten, pero lo importante es tener ese propósito y sentimiento durante todo el día. Para ello, (aunque ese sentimiento no es fácil de explicar) deberíamos manifestar o exteriorizar en forma de radiaciones, todo nuestro amor hacia las personas que nos rodean, de esta forma, a la hora de poder hacer algo por ellas, lo haremos dando lo mejor que tenemos dentro. Pero con eso no basta, sino que el servicio debe ser hecho sin el menor deseo de obtener algo a cambio, el servicio debe salir del corazón como sale de la madre hacia su hijo recién nacido. Cuando actuamos así es cuando sentimos el gozo de haber cumplido con lo que Dios desea y de haber satisfecho a nuestro Yo superior.
“El conocimiento de la unidad fundamental de cada uno con todos, la fraternidad espiritual, es la realización de Dios” . ¿Qué es el “conocimiento de la unidad fundamental de cada uno con todos”?, significa que todos debemos llevar dentro de nosotros y siempre presente, el hecho de que todos somos hijos de Dios, y por lo tanto, hermanos en espíritu. Todo lo que somos es el resultado de nuestras anteriores vidas, pero aunque así sea, somos el resultado de nuestras experiencias y relaciones con los demás; todo lo que tenemos es obra de otras personas, todo lo que comemos, leemos, de lo que disfrutamos, etc. es gracias a la labor de nuestros hermanos. Incluso el adelanto espiritual que obtenemos gracias a lo que aprendemos cuando nos hacen mal es digno de alabanza, por consiguiente, ¿No deberíamos tenerlo siempre presente para poder sentirnos más hermanos? Si de verdad queremos realizarnos en Dios, debemos tener siempre presente que todos debemos ayudarnos mutuamente y que el que más pueda hacerlo es porque le han dado esa oportunidad en esta vida. La fraternidad espiritual es saber que mientras otros estén por detrás de nosotros, no debemos preocuparnos tanto de nuestras cosas, sino que tenemos la obligación de preocuparnos por los que más nos necesitan.
“Para alcanzar esta realización procuremos olvidar cada día el aspecto frecuentemente poco atrayente de nuestro prójimo e intentemos servir a la Divina Esencia en él escondida; eso constituye la base de la Fraternidad”. Hasta aquí todo lo mencionado es bastante fácil de hacer, lo malo y difícil es cuando tenemos problemas con alguien, entonces, nuestros malos sentimientos se hacen fuertes y vencen a nuestros mejores deseos. Cada persona es un mundo, su desarrollo lo ha obtenido de diferente forma a la nuestra, su infancia, su educación, costumbres, manera de pensar y de ver la vida, sus ideales y deseos, y su carácter y temperamento son diferentes a los nuestros; sin embargo el fin de la humanidad es llegar a entenderse y amarse como hermanos.
Al principio del camino, cuando el aspirante a la vida superior se pone a trabajar seriamente para superar sus defectos, le es fácil quitarse los vicios y malas costumbres, pero después de un tiempo se debilita su fuerza ante las pruebas y tentaciones y su vida suele volver casi a lo que era antes, pero lo aprendido le servirá para levantarse otra vez y luchar por el desarrollo espiritual. Así va evolucionando el aspirante espiritual, pero para que una persona pueda decir que ha superado algo, debe afrontarlo y vencerlo muchas veces, si no es así, terminará cayendo en alguna de las pruebas que le pone la vida. A mayor conocimiento, mayor responsabilidad; a mayor elevación espiritual, mayores pruebas; cuanto mayor poder, más pruebas para ver si actuamos justamente; a mayor riqueza, más posibilidades de ayudar para que aprendamos a compartir.
Con todo esto quiero explicar la lucha que hay entre nuestro cuerpo de deseos y nuestros deseos elevados y aspiraciones para ser mejores, la vida y las personas nos tientan y nos hacen caer porque nos dejamos llevar por sutiles pruebas que aparentemente no tienen importancia pero que, sin embargo, nos pueden llevar a cometer graves daños a los demás. Cuanto más alto estamos, más daño nos podemos hacer al caer; cuanto más elevados espiritualmente, más sutilmente somos puestos a prueba para ver como actuamos con nuestros hermanos. Nos fijamos en los defectos de los demás y ya no admitimos ni queremos ver sus cualidades; si nos hace algo malo intentamos evitarle para no convivir ni relacionarnos con él; entre nosotros puede haber envidias, rencores, odios, o sólo malentendidos, pero lo cierto es que nos cuesta mucho “olvidar cada día el aspecto frecuentemente poco atrayente de nuestro prójimo”.
Me gustaría poder (ya que lo intento y no puedo) imaginar el mundo así, olvidándonos del mal que vemos en los demás, admitiendo a los que no queremos en nuestra vida, amando a los que nos caen mal, y “sirviendo a la Divina esencia en él escondida”, porque esa es la base y el único medio de formar la Fraternidad Universal. Alguien dirá que esto no se puede conseguir en nuestros días, pero yo digo que si no comenzamos a intentarlo en cualquier ocasión que se nos presente, no lo alcanzaremos nunca.
¡ Que Dios fortalezca nuestra conciencia para que su voz sea más fuerte y llegue a nuestros oídos tantas veces sordos!


Francisco Nieto

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