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martes, 26 de mayo de 2009

¿QUIÉN ES Y DÓNDE ESTÁ EL VERDADERO SER HUMANO?




Como ya hemos mencionado en otras conferencias y artículos, lo que normalmente llamamos “hombre” está compuesto de: 1º. La “individualidad” que renace en parte manifestándose en el mundo físico, y 2º. La “personalidad” compuesta a su vez de cuatro cuerpos que sirven de vehículos de manifestación a la individualidad o Yo superior. Este Yo superior o individualidad es en realidad el “Alma” del hombre que reúne o manifiesta sus aspectos a través de los cuerpos a la vez que obtiene un desarrollo en cada vida gracias a las experiencias con los mismos. Hay personas que creen y afirman que esta Alma renace en cuerpos animales, nada más lejos de la realidad, cuando un Alma que ha evolucionado lo suficiente a través de cuerpos inferiores a los nuestros como humanos, ha desarrollado la autoconciencia y se identifica como un “Yo” separado de los demás, ya nunca renacerá en cuerpos de especies inferiores a los humanos porque eso implicaría perder esa autoconciencia y eso iría en contra de la evolución que reina en el universo.
En las primeras etapas del hombre como individuo -primitivo- los impactos externos y sensaciones del mundo físico sobre sus cuerpos físico-etérico, de deseos y su recién nacida mente, eran como estímulos que, a través del cuerpo de deseos, actuaban a modo de puerta para que el Yo superior hiciera sus primeros ensayos voluntariamente. Las imágenes mentales actuaban como incentivo para que el hombre hiciera sus primeras deducciones pero, al actuar aún instintivamente y mucho en el pecado- en el mal- fue necesario darle unos mandamientos terrenales para que comenzara a discernir y deducir los resultados de sus acciones negativas y de sus satisfacciones y pasiones animales. Como efecto de sus errores aquel hombre (nosotros mismos en nuestra primera etapa como tal) comenzó a utilizar más dinámicamente su mente ya que, por un lado disfrutaba de los placeres (como hoy ocurre aún en muchos casos) y por otro experimentaba el dolor. Estos conflictos entre la memoria y el deseo ayudaron a que el yo superior comenzara a poder manifestar su voluntad y, aún hoy en menos grado sigue la lucha del Yo superior contra el cuerpo de deseos por medio de la mente y su discernimiento. El deseo procede del “exterior” del verdadero yo y la voluntad del interior.
El Yo superior tiene que conquistar el mundo físico y desarrollar sus potencialidades, y para ello necesita unos vehículos o cuerpos que se lo permitan. Una vez adquiridos los cuerpos con los cuales puede renacer, el mundo físico se le presenta como un incentivo para la acción y una tentación para el disfrute del mismo pero, sin una mente, le hacen caer en el materialismo, en el egoísmo, en los placeres y pasiones que le dominan, y en el mal. Por consiguiente, necesita una mente para razonar ante el bien y el mal y unas leyes que le obliguen a deducir y extraer conclusiones de lo que más le beneficia, por tanto y a raíz de ese proceso, comienza a manifestarse la voluntad, la intuición y la conciencia, es decir el mismo Yo superior. De esta forma, en el principio el hombre era dominado por el deseo y las pasiones, actualmente esos aspectos están en lucha contra la razón y el discernimiento, y en un futuro, el deseo, el materialismo y el egoísmo morirán para quedar solamente la voluntad del Yo superior.
Mientras tanto y como la mente solo puede deducir y extraer conclusiones de las experiencias y éstas son muy limitadas para la expresión del Espíritu, la voluntad falla muchas veces y hace mal. Pero como después de cada muerte del cuerpo físico sufrimos en el purgatorio por los errores, el resultado es que en la próxima vida esa voluntad tendrá más poder y más sabiduría ¿Se comprende ahora por qué sin los cuerpos y sin el mundo físico no se podría desarrollar el Yo superior ni el hombre tampoco podría alcanzar la perfección y la unión con su Espíritu? el Yo superior
El Yo superior “informa” al hombre (la personalidad) de los medios y las posibilidades que está capacitado para llevar a cabo, y estas posibilidades y medios son las que reconocemos como mente concreta u objetiva en nuestro cerebro. Esto es lo que diferencia al hombre primitivo del hombre actual, el hombre primitivo no tenía medio de expresión mental y casi ninguna posibilidad. El Yo superior comenzó a trabajar y a influir en el cerebro del hombre primitivo para manifestar tantos poderes mentales como el cerebro era (como también ocurre ahora) capaz de manifestar. Y lo mismo que la luz actúa sobre la retina, así mismo actúa el Yo superior sobre el cerebro para obtener la conciencia del mundo físico, obteniendo como efecto lo que llamamos razón, ideas originales, memoria, voluntad y discernimiento. El cerebro no piensa por sí mismo sino que es el instrumento como puede ser un piano para un pianista; si no hay pianista no hay melodía. Es gracias al cerebro del hombre terrenal como puede manifestarse el hombre celestial renacimiento tras renacimiento, y es gracias a esos cerebros como recoge las experiencias de las cuales irá fortaleciendo su “voz” como Alma después de pasar por el purgatorio y el cielo. De esta forma el hombre terrenal se hará celestial e inmortal gracias a su Alma, y en su momento podrá recordar todas sus vidas pasadas y ver cómo ha ido formando lo que en ese momento es.
Cuando un niño nace no significa que esa Alma esté recién creada. Esa Alma fue creada hace millones de años con todas las cualidades y posibilidades para llegar a ser, como en su origen lo es, un Dios creador (Cristo dijo que llegaríamos a hacer lo que Él hacía y mayores obras aún) Pero para ser diferenciada fue necesario que obtuviera cuerpos de diferente grado de materia para manifestarse en este mundo físico y experimentar y renacer hasta obtener la mente, que es la que nos hace individuos pensantes y superiores a los reinos que nos siguen. Ahora estamos en el intermedio, ya tenemos autoconciencia de lo que somos como humanidad pero no sabemos nada de lo que somos en los mundos espirituales y mucho menos de que podemos (y así lo haremos) desarrollar los poderes del Espíritu y alcanzar su perfección a través del renacimiento. Por consiguiente, cuando un niño nace ya ha estado aquí en la Tierra otras muchas veces antes como mujer y como hombre pero no como animal o planta una vez alcanzada la individualidad.
Este Alma o Yo superior utiliza una forma o “cuerpo” compuesto de materia mental más elevada (en su vibración) que lo que aquí conocemos como “mente”, que es la que utiliza para manifestarse e intentar controlar y dirigir sus otros cuerpos. No tiene sexo y, a los ojos de los que han alcanzado el desarrollo suficiente como para verla, aparece como un ovoide resplandeciente alrededor del cuerpo físico. Si bien esta Alma existe y se manifiesta gracias a los cuerpos que en cada vida crea y de los cuales extrae el desarrollo espiritual que aumenta su poder de manifestación, también es cierto que representa al verdadero Espíritu creado por Dios y que tarde o temprano tendrá que manifestar su propia naturaleza. Ahora es el principio pensante o “pensador” pero llegará el día en que el propio desarrollo que va acumulando gracias al hombre, (cuerpos) sea la puerta para que el hombre (como esencia espiritual) se unifique con el Alma y ya no necesite renacer más en este mundo físico.
Este Yo superior se manifiesta de diferentes formas y dos de ellas es como conciencia y voluntad. La conciencia es el resultado del desarrollo obtenido en cada vida gracias a las experiencias, pero también lo es del obtenido después de la muerte y más en particular de lo que sufre en el purgatorio. Por tanto, también es responsable de los errores aquí en la tierra como lo es un padre respecto a un hijo menor de edad, pues el “hombre” es sus vehículos (cuerpos sin voluntad ni conciencia del ser) y él es quien se manifiesta a través de ellos según su desarrollo y poder. Por ejemplo, si yo desde muy joven ya me interesaba por todo lo oculto y misterioso y cuando lo estudiaba parecía como si lo reconociera de nuevo, significa que ya en otra vida he estado en contacto con este conocimiento y en esta lo estoy ampliando. Pero si yo en esta vida y por medio del conocimiento, me desvío hacia la magia negra o el espiritismo y me hago mal a mí mismo o a otros, lo tendré que pagar porque es mi voluntad (YO) quien lo ha querido así.
A alguien le parecerá injusto que una persona pague una deuda kármica que hizo la personalidad en su última vida, pero lo cierto es que los cuerpos que utiliza el Yo superior no cometen errores porque no tienen voluntad propia. Eso sería como decir que un delincuente no es culpable cuando se le arresta por el hecho de que lleve otra ropa diferente a la que llevaba cuando hizo el mal. Cuanto más desarrollo tenga el Alma más poder tendrá para dirigir sus cuerpos y, por tanto, menos deudas kármicas negativas tendrá y menos tiempo estará en el purgatorio después de cada muerte. Es cierto que la mente intenta pensar por sí misma y que el cuerpo de deseos es el “gran tentador”, pero si escucháramos la voz de la conciencia o intentáramos actuar en el puesto del Yo superior, cometeríamos muchísimos menos errores. De lo que se trata no es solo de que el Alma domine sus cuerpos sino también y más importante aún que los dirija hacia el bien para poder adquirir desarrollo.
Cuando hemos vivido algo más de la mitad de la vida y retrocedemos en la memoria nos podemos dar cuenta de cómo pensábamos cuando teníamos 18 o 20 años, qué gustos teníamos, qué ideales, y cuántos errores cometíamos porque, aún con esa edad, éramos como niños en comparación, con, por ejemplo, la edad de 60 años. Sin embargo, todas las experiencias han sido muy útiles y si hemos tomado nota de nuestra vida (y más aún si ha sido dura) y del resultado de nuestros errores, podemos estar seguros de que hemos aprendido mucho y estamos muy preparados para afrontar otros aspectos de nuestro destino. Algo así ocurre con el Yo superior, desde que se individualizó y comenzó a desarrollar su mente hace millones de años, (más allá de la prehistoria) es decir, desde que se comportaba como un animal hasta nuestros días, ese Yo ha evolucionado hasta ver con horror lo que hacen hoy mismo otras personas pero que, sin embargo, él mismo hizo en sus pasadas reencarnaciones. Cada personalidad que muere y con el resultado de sus experiencias pasa al purgatorio y al cielo, es como un recuerdo espiritualizado que se transforma en la quintaesencia de esas experiencias, uniéndose la quintaesencia al Alma y olvidándose las mismas.
Quien lleve algún tiempo estudiando filosofía oculta y sepa meditar sobre lo que aquí se está exponiendo, siempre tendrá alguna duda sobre el porqué del renacimiento. No voy a entrar en el origen del mismo en ese libro porque no quiero complicar el tema de la muerte, solo diré que tiene relación con la “Caída” de la humanidad en el pecado original, como así lo dice la Biblia, pero claro, con un aspecto simbólico y más profundo de lo que se dice de la serpiente y la manzana. Desde aquella época el hombre ha sido un peregrino en busca de su origen y de lo que perdió (su conciencia divina) El Yo superior es un ser celestial con todos los aspectos de Su Creador, por tanto, su origen es divino pero, como el niño recién nacido, tiene que desarrollar lo que verdaderamente es y tiene, es decir sus cuerpos, su mente y su voluntad como herramientas que le servirán para mostrar su poderes como hombre. Cuando ese niño nace no es consciente del mundo físico hasta que no pasa cierto tiempo, después toma conciencia del mundo físico y aprende a utilizar sus cuerpos y su poder (cuerpo físico, cuerpo de deseos y mental, y la voluntad) y, a partir de la mayoría de edad aproximadamente se independiza y hace su vida individual para ser padre y formar una familia. Algo parecido pasa con el Alma, en determinada época nace pero sin ser consciente aún del mundo físico. A través de la utilización de infinidad de formas y cuerpos pierde su conciencia celestial y toma conciencia del mundo físico hasta que está preparada para utilizar una mente que la hace individual (como nuestra edad adulta e independencia de los padres) A partir de ahí, continuará su desarrollo vida tras vida (días tras día en el hombre terrenal) hasta que desarrolle sus poderes y adquiera sabiduría.
Al Alma también se le representa como un Ángel de la guarda pero es a causa de las transformaciones que ha hecho la teología a partir de la verdadera enseñanza que dio Cristo. Es cierto que es responsable del mal y que debe procurar no caer en él, pero eso es precisamente porque es el Alma, lo que no sería justo es que un Ángel pagara por el mal que nosotros hacemos sin tener ninguna culpa y sin haber cometido los errores de los cuales tenemos que aprender nosotros para poder evolucionar. Ningún ser superior puede hacernos santos si no hemos vivido, experimentado y sacrificado nuestras vidas voluntariamente para merecerlo, si se hace así, entonces recibiremos los efectos en nuestro propio destino pero nada que cause otro puede venir a nosotros. Por otro lado, no olvidemos que es la personalidad quien sufre aquí encarnada y es el Alma quien cosecha el resultado espiritual o desarrollo de los cuerpos allí en su propio mundo celestial desde donde se manifiesta con su voluntad. El Alma en su origen es como si la comparamos con un diamante en bruto el cual, en cada pasada con la pulidora, es decir en cada vida, se le va desprendiendo lo grosero para dejar al descubierto su belleza espiritual.
Cuando no necesite renacer más en cuerpo físico, continuará su evolución en los cuerpos pertenecientes a los planos superiores, pero entonces ya no existirá el purgatorio para él sino que solo tendrá la perfección como meta y continuará auxiliando a los seres cuya evolución sea inferior a la suya a la vez que colabora con los Planes de Dios. La finalidad de la evolución, y por tanto del renacimiento, es hacer que la personalidad desarrolle sus cualidades y se purifique hasta poder identificarse con la naturaleza espiritual del Yo superior, del Alma, a la vez que ésta la tiene bajo su control. Para ello, cada cuerpo representa y tiene una relación con cada uno de los tres aspectos del Yo superior (como una trinidad que es) los cuales, por cierto, son estímulos para que la personalidad u hombre haga el bien. El hombre siempre ha sido, es y será “Divino” en su esencia y por tal motivo debe actuar siempre en el bien en pensamiento, palabra y obra, es decir, como si el Yo superior estuviera actuando directamente a través de sus cuerpos mental, de deseos y etérico-físico.
Según esta personalidad vaya actuando de acuerdo a la voluntad divina, llegará un momento en su evolución en que sea cada vez más consciente del Alma y de su propio mundo, entonces participará de los bienes celestiales. El Yo superior, con sus tres aspectos espirituales, influye y actúa en el hombre de tres formas diferentes:
1ª. Como voluntad y conciencia que, a su vez, es causa o incentivo para la existencia y acción de la personalidad en el mundo físico y para abstraerse en el momento de la muerte del cuerpo físico. Es la voluntad de vivir y experimentar para obtener un desarrollo evolutivo conectando la mente concreta con el cerebro físico.
2ª. Como una esencia o fuerza coherente que manifiesta toda una serie de deseos, sentimientos y características personales que diferencia a un hombre (subjetivo) de otro por medio de su nota-clave vibratoria, particular, actuando mediante el cuerpo de deseos sobre el corazón.
3ª. Como actividad y vida única que compenetra todas las pequeñas vidas (átomos, moléculas, células, etc.) de cada órgano y parte del cuerpo físico y su funcionamiento. Estas pequeñas vidas tienen su propia conciencia individual pero dependen y están compenetradas por la vida y la conciencia del Alma lo mismo que nuestra vida depende y está compenetrada por la vida Universal que procede de Dios. Esta influencia se produce a través del bazo etérico del cuerpo vital o etérico.
El Yo superior es una entidad espiritual compenetrada por una determinada vibración que le identifica con la obra de su creador, así como nuestros cuerpos tienen otra vibración que les identifica con nuestro verdadero Yo, ese Yo superior o Alma. Es una chispa o energía vibratoria que, unida a los millones de chispas, son parte y forman el Fuego Creador. Es, en parte, consciente de Dios, es consciente de que existen otras chispas y es consciente de sí mismo, por lo cual intenta manifestar el amor de Dios y el amor al prójimo en la personalidad para que, por medio de la experiencia del renacimiento pueda convertir los poderes latentes del Padre en poderes dinámicos en el hombre. Por consiguiente, es la personificación de la Vida de Dios y renace con la intención de mostrar la naturaleza del Padre Creador y Su propósito. También se manifiesta como el principio inteligente o mental capaz de discernir, distinguir, analizar, elegir, rechazar, etc. y que, como Hijo de Dios, también es creador por medio de sus cuerpos. Como conciencia de Dios compenetra las formas y cuerpos y subsiste a su manifestación reaccionando ante las vibraciones externas del medio ambiente.
El Yo superior no puede manifestarse aún en el común de la humanidad tal y como es en su naturaleza como no lo puede hacer un voltaje de 220 voltios en una bombilla de 125. Él es una voluntad no condicionada, en su esencia ha estado (y aún sigue estando en gran parte de la humanidad) impedido casi totalmente en sus intenciones de manifestación por el aspecto animal del hombre. Actualmente una parte de la humanidad está dominando ese aspecto a través de la razón y el discernimiento, lo que facilita su expresión desde su propio mundo, el mundo mental abstracto. Esto es así porque la voluntad del Yo superior se va cristalizando en cada plano o cuerpo donde desea actuar ralentizándose su vibración ocurriendo como efecto que en nosotros sólo lo podemos reconocer principalmente como conciencia. Así es que el Yo superior es el libre albedrío espiritual (libre en su propio mundo) impedido por el hombre, es la voluntad que se debilita ante los deseos y pasiones, es la mente superior sumergida en nuestra mente concreta y objetiva pero, sin embargo, tiene la capacidad de afirmarse a sí mismo. Él es el sentimiento de “Yo” que discierne, decide y vence porque en su naturaleza está la voluntad y la persistencia.
La razón o cualidad de pensar y considerar los hechos que se observan y de donde después se deduce y extrae sus consecuencias, es la herramienta o cuerpo mental (cerebro) del Yo superior en la tierra, creando así y a partir de ahí una hipótesis o idea original. Después de esta inducción, el Yo superior comprueba sus hipótesis o ideas por medio de la experiencia y su puesta en práctica, o lo que es lo mismo, deduce y razona los resultados. La verdadera intuición es una de sus facultades y deberíamos reconocerla mientras estemos dominados por los deseos, sentimientos y pasiones del aspecto inferior del cuerpo de deseos. Para oír esta manera de hablar del Alma debemos aquietar los sentidos, discernir entre lo bueno y lo malo y entre lo verdadero y lo falso, e imponer la razón sobre el cuerpo de deseos.
Quien vence el aspecto terrenal en el hombre lo suficiente como para percibir la luz de su Alma, reconoce intuitivamente la Verdad y cometerá pocos errores de juicio. Este mismo hecho en las personas más desarrolladas se traduce como profecía e inspiraciones divinas, a partir de ese grado de desarrollo espiritual el hombre se va familiarizando con su verdadero Yo hasta que, como iniciados, se ven cara a cara. Entonces, este iniciado se levanta sobre la muerte y se une a Cristo para solo renacer siendo consciente (actuando como) de su Yo superior manifestando sus poderes aquí en la Tierra. Mientras estuvo renaciendo estuvo sacrificado, ahora ha obtenido la unificación y no necesita renacer. La necesidad imperiosa que muchos cristianos tienen de aspirar a unirse a Cristo o a Dios, su anhelo por lo Divino, no es otra cosa que la expresión del desarrollo interno obtenido por medio de muchos renacimientos, esfuerzos y sacrificios.



Francisco Nieto

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