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sábado, 24 de abril de 2010

LA FRATERNIDAD ROSACRUZ, UNA ESCUELA INICIÁTICA (V)


Hay un antiguo dicho: "El hombre propone y Dios dispone" y éste fue sin duda el caso de Max Heindel cuando en la tarde del miércoles 1 de junio de 1.910 daba sus últimas clases de astrología en Los Ángeles. Había encomendado su clase de Filosofía del día siguiente a la Sra. Clara Giddings, pequeña y querida amiga que había trabajado con él en época pasadas en Los Ángeles. Ese mismo miércoles por la tarde, anunció que Augusta Foss continuaría con las clases de Astrología, también explicó que la misma había sido su maestra de Astrología lo que obviamente, logró el interés y unión de los alumnos.
Aquí es cuando el destino jugó su papel reteniendo a Max Heindel en Los Ángeles hasta que cierto trabajo fuera realizado, el que cambiaría de raíz sus planes, por lo que en la mañana siguiente del 2 de Junio, se enfermó muy gravemente de una seria deficiencia cardíaca, tan enfermo estaba que los médicos diagnosticaron el caso como sin ninguna esperanza. Tres médicos parados a cada lado de su cama, en el Hospital Angelus de Los Ángeles, pensando que estaba inconsciente, discutían su caso, todos declaraban y pronosticaban que no viviría otra noche más. Max Heindel, no estaba inconsciente, escuchó cada palabra hablada por los doctores, les escuchó pronunciar su sentencia. Dándose cuenta que se le había confiado por parte de los Hermanos Mayores el transmitir al mundo su hermoso mensaje y sintiendo la responsabilidad, entonces allí mismo y en ese instante, declaró que no moriría, burlando a los doctores.
Sólo cuatro días después de haberse pronosticado su muerte por parte de los doctores y en las mismas puertas de la muerte, estaba tan bien como siempre y subía las escaleras hasta su cuarto, luego caminaba a la casa de la familia Foss para almorzar con sus amigas . Las sorprendió al anunciarles que escribiría otro libro, que había recopilado muchas preguntas y respuestas en forma de libro, las que explicaban muchos problemas de la vida. Su intención era la de contratar un taquígrafo y dictarle su libro en las instalaciones de la Fraternidad Rosacruz de Los Ángeles, pero cuando arribó a la misma, la gente realmente estaba tan ansiosa de su llegada que no pudo encontrar privacidad. En consecuencia, tuvo que dictar su libro en la casa de la Sra. Foss. Como la habitación en la que trabajaba estaba cercana a la calle, con su voz clara muy a menudo atraía una multitud en la vereda. Los transeúntes estaban asombrados de ver a un hombre caminando y hablando con un papel en sus manos, que contenía una pregunta escrita por alguien que había atendido en una de sus clases. Contestaba las preguntas casi en forma instantánea, sin duda siquiera. La madre de quién escribe, la que era una de sus más ardientes seguidoras, decía que en toda su vida nunca había conocido a hombre alguno con tal mentalidad.
Este libro, la Filosofía Rosacruz en Preguntas y Respuestas, publicado en 1.910, es verdaderamente una mina de información; desentraña la Biblia como ningún otro libro lo ha hecho. Max Heindel trabajó en este libro por algunas semanas y una vez más la llamada del norte fue tan urgente que comenzó a arreglar sus pasajes rumbo a Seatle. Pudo comprar los pasajes pero los lugares estaban completos, por lo que esperó hasta que hubiera disponibles. Había, sin embargo, una misión incumplida demorando su partida. El destino le tenía en sus manos, un poderoso aspecto planetario de un Venus progresado en conjunción con una Luna radical en el Ascendente que debía ser considerada y así nació la idea de casamiento entre estos dos amigos y estudiantes, quiénes habían compartido sus conocimientos e intereses espirituales por más de nueve años, formándose un permanente lazo espiritual.
Max Heindel no había consultado al Maestro en relación al matrimonio y más tarde, durante su viaje hacia el norte, se preguntaba si había alguna desarmonía, pero el Maestro apareció ante él, le saludo con una sonrisa y le dijo que Augusta Foss había estado bajo su observación y tutela. Y siendo esto desconocido para ella, durante varios años y que el casamiento sería muy positivo espiritualmente y un salvavidas a su salud en relación a la protección que su alma le traería a él. La Sra. Augusta Foss de Heindel, fue desde ese entonces la representante de la zona sur de La Fraternidad Rosacruz.
La intuición de Max Heindel era viajar al norte y de ahí trabajar hacia el este desde la ruta norte, pero aquí el destino fue otra vez el maestro. Luego de conferenciar en Seatle y North Yakima, Washington, y en Portland, Oregon, por unas seis semanas, su pobre corazón se negó otra vez a trabajar y tuvo que suspender su viaje, y descansar, pero esta vez tenía a alguien que lo esperaría, y Augusta Heindel preparó uno de sus pequeños bungalós sobre la playa en Ocean Park para el retorno al hogar de su esposo enfermo. Confío su madre al cuidado de una hermana, pues su madre estaba muy preocupada y deseando compartir su hija con el enfermo aunque maravilloso yerno, pues había aprendido a amar a Max Heindel como a su hijo.
Esta pequeña casa de tres habitaciones fue remodelada y preparada para el recién llegado y afortunado huésped, pero apenas cruzó el umbral Max Heindel se desmayó cayendo enfermo al borde de la muerte. Luego por tres meses la Sra. Heindel estuvo con él día y noche. Había pagado el precio exacto de cada personaje público. El público, por su admiración a los realmente grandes, se acercan a ellos y a veces los matan. Para ese entonces el público sólo podía acercarse a él a través de la oficina de correos solamente y estas dos almas estaban al fin realmente libres para disfrutar su amistad. Esta fue una extraña pero dulce luna de miel, pues sus intereses fueron reunidos en un gran trabajo.
A pesar de la enfermedad de Max Heindel, no permitieron que el trabajo terminara, pues estando en Seatle, él había comprado una pequeña imprenta, una máquina impresora que reproducía las cartas escritas a máquina. Se manejaba bajando la manija sobre lo que se iba a imprimir, una vez acomodado. Cuando se recibió la imprenta fue puesta en funcionamiento por el mismo hombre que la había enviado de la compañía de carga. Luego, Augusta recibió las instrucciones sobre su funcionamiento, lo que hacía sentada desde la habitación de su esposo enfermo. Siendo naturalmente mecánica, era una aprendiz apta, pero su mayor problema era preparar la imprenta, pues debía hacerse en reversa para que la impresión en el papel fuera legible. Así, Augusta, sentada al lado de su esposo tuvo que tomar las primeras clases de puesta a punto de la nueva máquina, llevar la impresora a la pequeña cocina y luego colocarla en la imprenta, se debía también ajustar la cinta, pues la imprenta era tan antigua que requería de cintas.
La Fraternidad Rosacruz. La respuesta fue buena tanto de los estudiantes como de los probacionistas, estaban listos para las lecciones. Pido al lector haga una pequeña pausa y se detenga a pensar lo que esto significaba para una mujer sola con un hombre enfermo en sus manos, cocinar comidas, hacer las camas, barrer las habitaciones, preparar la imprenta, las impresiones y escribir direcciones en todos los sobres, tanto como para la correspondencia de los estudiantes, como las tantas cartas que se recibían de otros tantos estudiantes (pues solicitaban a Max Heindel consejo en la ayuda de sus problemas); y finalmente, llevar la correspondencia hacía y desde la oficina postal, la que estaba a seis cuadras. Bien, quién escribe, se retiraba a la noche con temibles dolores de cabeza, brazos y pies, se ajetreaba y sacudía en la noche cuando dormía, pero siguiendo a este hombre que tanto sufría y aún así, tan determinado. Tenía tanto para dar, a pesar de estar incapacitado físicamente y aún así nunca emitía una sola palabra de queja; su única aflicción era que su amada debía acarrear con muchas dificultades.
De esta manera las primeras oficinas centrales se hicieron realidad en Noviembre de 1.910, unas oficinas centrales que estarían destinadas a alimentar a los hambrientos de alma de todas las tierras, en todos los climas, en todos los idiomas. Estas dos almas trabajadoras, las que tuvieron gran peso y responsabilidad en semejante trabajo, no imaginaban siquiera cuales serían los frutos resultantes de su labor de amor y devoción al traer a existencia tan maravillosa creación, la Fraternidad Rosacruz, a la que Max Heindel a menudo llamaba su hijo espiritual.
Un doctor que fue consultado, luego de examinar a Max Heindel, dijo a la que escribe, que era muy probable que no viviera otro año, pero no podía ser aceptado su pronóstico tan pesimista. Ella sentía en su corazón, que con su esmerado cuidado, no se iría sin haber concluido su obra. Ella confiaba en los Hermanos Mayores, sintió que esta enfermedad era una lección a una gran alma que estaba por conocer a otra, su tercera iniciación; y con uno que tuviera una naturaleza tan vital y ambiciosa, el debía ser puesto en la frontera misma entre este mundo y los internos antes de recibir enseñanzas más elevadas. El ya había recibido durante enfermedades previas dos iniciaciones, y ella tenía la esperanza y fe de que los Hermanos le devolverían la salud, una vez de haber respondido a las enseñanzas superiores recibidas.
Sufrió durante unos tres meses de su debilidad cardíaca, pero gradualmente llegaron días en los que pudo vestirse y sentarse a hacer sus escritos. Pero no pudo contentarse hasta tanto no hiciera algo útil, por lo que a medida que ganara fuerzas ya comenzaba a planear la escritura de su quinto libro. Así contrató un estenógrafo a quien cada día le dictaba Los Misterios Rosacruces, un tratado elemental de Filosofía Rosacruz. Éste, de nuevo, era un trabajo para él que no necesitaba prepararse (sólo caminaba mientras dictaba al estenógrafo. (Se publicó en 1.911). Hasta ese entonces nadie se había dado cuenta en Ocean Park de su presencia, pero su voz tan alta al dictar podía ser oída por quiénes caminaban por la calle, especialmente por los vecinos. Allí vivía un doctor que no conocía a su vecino pero habiendo leído el Concepto Rosacruz del Cosmos, se tornó de lo más amable. Sin embargo, no era conveniente la visita de vecinos cuando el trabajo realmente era agotador. El dictado de este libro no tomó mucho tiempo y Max Heindel era el más feliz mientras trabajaba en el manuscrito, o bien escribía lecciones que serían publicadas e impartidas al mundo entero.
Luego de tres meses su salud mejoró por lo que pudo de nuevo estar activo en los negocios del Padre. Hasta aquí el señor y la señora Heindel casi no habían recibido visitas, pero un muy apreciado viejo amigo de Max Heindel, William Patterson, de Seatle, Washington, el hombre que lo había asistido financieramente en la publicación del Concepto Rosacruz del Cosmos y las veinte lecciones de Cristianismo Rosacruz, visitaba Ocean Park con su esposa. Él era entonces el secretario de la obra y comenzó a insistir en la necesidad de comprar tierras para el establecimiento futuro de las oficinas centrales, para las que deseaba contribuir financieramente. Luego de algún tiempo de búsqueda un terreno pequeño de unos cuarenta acres fue adquirido a través de una agencia. Este terreno se ubicaba sobre una ladera en Westwood, un distrito de moda y colindante con lo que es hoy el barrio cinematográfico de Hollywood.
El señor Patterson conservaría treinta acres y donaría diez a las oficinas centrales, el resto intentaría venderlo a miembros para la construcción de viviendas. De alguna manera esta no era la ubicación acertada, pues luego del pago de los primeros cien dólares fue necesaria la firma de tres herederos ausentes de esta propiedad. Mientras tanto se supo que una Institución sería erigida en la montaña aledaña a Westwood; naturalmente nuestro propio depósito fue el responsable de la difusión de esta información. El resultado fue que las propiedades lindantes fueron aumentadas al doble por sus agentes, esto llegó a oídos de los herederos en los estados del Este quiénes se negaron a firmar el trato. Hollywood era en ese entonces un pequeño suburbio de Los Ángeles y nos hemos preguntado a menudo si los Hermanos no sabrían entonces del futuro que deparaba este pequeño pueblo que ahora creció hasta transformarse en la capital mundial del cine.
La búsqueda de las oficinas centrales se reanudó y se decidió en considerar el próximo pueblo desconocido a los ciudadanos y procurar una tierra apartada. Quién escribe, en su frecuente paso por Oceanside cierto número de años atrás quedó impresionada por sus hermosos árboles y alrededores y ahora estas imágenes retornaban a su mente y fue lo que los guió allí. La prueba del extraño destino que jugó su papel en el trabajo que estas dos almas estaban por concluir y de la elección y búsqueda del mismísimo terreno, se hizo evidente en la forma en que fueron conducidos a su destino. Al comprar los pasajes de ida y vuelta a San Diego, nuestros dos viajeros habían pedido una parada en San Juan Capistrano, donde había una antigua misión y también por una parada en Oceanside. Fue un domingo en que se bajaron del tren y ni un alma a la vista había a no ser por el guarda del tren, luego fueron recibidos por un pequeño niño lleno de pecas llamado Tommy Draper de unos diez años.
-Hola, ¿qué es lo que quieren? (en inglés bien americano), fue el amistoso saludo.
Max Heindel tenía una debilidad por los niños y le contestó a este pequeño duende diciendo que querían comprar ciertas tierras ¿podrías vendernos algunas?
-Bueno! En sorpresiva respuesta un dedo apuntó a un hombre canoso cruzando un lote vacío de tierra, ahí viene el hombre que puede venderlos algunas.
El que venía era el señor Chauncey Hayes, que era el único agente inmobiliario en la pequeña aldea. Al comunicarle nuestra inquietud señaló a un hombre parado en la puerta a un establo ubicado a una corta distancia; mientras el hombre se acercaba el señor Hayes indicó al señor Couts que nos llevara a las tierras de la "reserva". En un corto lapso de tiempo este hombre apareció con dos caballo ensillados y en unos veinte minutos llegamos a un borde de una ladera y la vista sobre el valle de San Luis era maravillosa. Pero donde nos parábamos era un terreno árido de unos cuarenta acres, nada de abundante vegetación, había allí sólo una elevación poco agradable de una reserva, era lo que se veía hacia el noroeste. Eran la fuente donde Oceanside recibía toda el agua.
Estas reservas estaban situadas en los cuarenta acres sobre los que estaban parados el señor y la señora Heindel y su agente inmobiliario y a pesar de esto y de la aridez del terreno, vimos allí un panorama harto inspirador, con las montañas al noroeste y el océano al sudoeste justo como Max Heindel había descripto frecuentemente en las lecciones del Maestro. El señor Heindel sin vacilar remarcó: ¡"OH, ESTE ES EL LUGAR"!
Así el estéril terreno que había estado en manos del banco de Oceanside por veinticinco años había esperado un destino, el de convertirse en el centro mundial de "La Fraternidad Rosacruz", un lugar de sublime belleza al que uno vendría no solamente por la salud de su cuerpo sino también por la de su alma. Una vez escogida y concluída la elección del terreno de cuarenta acres, se decidió pasar la noche en San Diego, pero Max Heindel estaba tan entusiasmado con su elección que quiso buscar un banquero lo antes posible con el objeto de dejar el dinero de reserva por dicha tierra. Quién escribe pasó una difícil tarea al persuadirlo de esperar por eso hasta el siguiente lunes a la mañana, pues pensaba que alguien, de manera repentina podría aparecer y compra esta tierra que había estado en venta por el banco de Oceanside por veinticinco años sin comprador.
En 1.886 California tuvo un gran auge al que hoy día se llama el auge del papel. Esto se debía a que las transferencias de tierra no se escrituraban sino sólo se cedían en forma rudimentaria e informal sobre papeles, pues el auge aparente colapsaba repentinamente en un año o dos. Y así los compradores sólo pagaban algo más de los depósitos. La tierra que habíamos decidido adquirir era una de estas tierras en auge, en la que se habían trazado las calles pero sin casas construidas y el banco había adquirido estas tierras sobre contratos impagos. Oceanside estaba muerto y no tenía posibilidad de vender jamás estas tierras, debido a la falta de agua, el distrito entero estaba parado, estaba detenido. Quién escribe de repente comprendió el acierto de nuestra elección y concluyó que nadie pensaría en comprar tierras tan abandonadas, tan áridas y secas, donde no había mercado para vender cualquier producto resultante o producido en las mismas.
Así, tomamos el tren de la tarde a San Diego, y quién escribe sugirió a Max Heindel asistir a un espectáculo para ocupar la noche. Durante el show, Max Heindel murmuró: "Me pregunto si esa tierra estarán aún en venta, o si hubiéramos sólo dejado un depósito en esa tierra, de manera que nos la hubiéramos asegurado".
En la mañana del lunes los viajeros tomaron el primer tren a Oceanside y pagaron sus 100 dólares como depósito hasta tanto estuvieran los papeles. Esto fue hecho, pues Max Heindel había prometido a su amigo William Patterson que el ayudaría con la compra, la que fue consumada el 3 de mayo de 1.911 a las 3.30 hs. p.m, cuando William Patterson pagó los primeros 1.000 dólares y ordenó la firma de los papeles.
En Septiembre de 1.911, el Sr. Heindel y yo tomamos un tren para la costa oeste y el Sr. Heindel dio conferencias en San Francisco y Sacramento, California, Portland, Oregon, Seatle, y el Norte de Yakima, Washington. Fue una gran satisfacción anunciar desde el escenario que la Fraternidad había comprado una pequeña tierra en Oceanside en la que estarían las oficinas centrales permanentes y que el Sr. Williams Patterson, quién había tan gentilmente financiado la publicación de la primera edición del Concepto Rosacruz del Cosmos, había otra vez tomado la iniciativa de pagar los primeros Mil dólares.- por los cuarenta acres - .El resto de los pagos por valor de unos cuatro mil dólares serían cancelados en cuotas anuales.
El dinero para la construcción de las futuras oficinas e instalaciones no estaba en vista. En un principio se pensó que tomaría años empezar con las edificaciones, considerando las tan bajas contribuciones, pero una obra como La Fraternidad Rosacruz no podía depender de unos cuántos miles de dólares y así el destino jugó su papel una vez más e hizo posible continuar con la edificación. Un mes después de nuestro retorno del tour de conferencias dictadas en el Norte, una oportunidad inusual se presentó: Un pequeño bungaló, en el que las oficinas centrales habían funcionado, pertenecieron a la Sra. Heindel por muchos años, el que sumado a otro pequeño, en la parte trasera del lote, habían sido una buena entrada de dinero para ella.
Un día Max Heindel estaba en Los Ángeles a unos 36 Km de Oceanpark - quién escribe había recibido varias llamadas- dos mujeres y un hombre quiénes se entusiasmaron con la pequeña huerta y deseaban comprarla. Al principio se negó a venderla, preguntándose sin saber a dónde guardarían tantos libros y manuscritos acumulados durante los once meses desde que habían comenzado este lugar; aparte no quería aceptar la oferta sin consultar con Max Heindel. El precio que ofrecían era tan tentador y tan por encima de la valuación real del terreno, que pidió a los compradores le dejaran pensarlo hasta que su esposo estuviera de vuelta. En una hora él entró y tras pasar la puerta sus palabras fueron, bien tuviste una oportunidad para vender y ¿cuál fue la oferta? Cuando escuchó el precio tan seductor sin más habló: "Porque, querida, ésta es la real oportunidad que hemos estado esperando, Nos va a dar los medios para construir en Oceanside". Así, se consumó la venta y los compradores pagaron la suma de dos mil dólares en efectivo y dieron una garantía hipotecaria por el resto, pero debíamos dar posesión dentro de los diez días. Con la asistencia de la Sra. Ruth E. Beach de Portland, Oregon y de la Sra. Rachel M. Cunningham, de Los Ángeles, en ese mismo instante, comenzamos a empacar y nos reparamos para ir a Oceanside.
Llegaron a Oceanside en la noche y fueron llevados a una pequeña residencia de cuatro habitaciones muy modestamente decoradas, con los pisos cubiertos con alfombras. Las habitaciones habían estado desocupadas por bastante tiempo y naturalmente los insectos y ratones habían tomado posesión. El próximo era el día en el cual se izaría la bandera de La Fraternidad. El tren arribó a las doce de mediodía, trayendo a cuatro de nuestros miembros más leales: el Sr. Williams Patterson de Seatle, Washington; George Crámer de Pittsburgh, Pensilvania; John Adams y Rudolph Miller, miembros activos de la Central que La Fraternidad poseía en Los Ángeles; y la Sra. Anne R. Attwood de San Diego. Estos cinco sumados a nuestro grupo que consistía de la Sra. Ruth Beach y Raquel Cunningham y nosotros mismos, haciendo un total de nueve almas, nos dirigimos al árido terreno en dos carruajes, pues Oceanside era un pequeño pueblo con solo 600 habitantes, con establos y granjas que databan de las épocas más antiguas, con muchas cocherías de alquiler. Los automóviles eran poco comunes, por lo que el grupo se trasladó en carretas con objeto de llevar a cabo lo que años más tarde sería reconocida como la más vital ceremonia, el dar la palada de tierra inicial, erigir una cruz y plantar un rosal en el punto que sería el foco central de un gran trabajo.

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