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sábado, 27 de noviembre de 2010

POR QUÉ NO EXISTE LA MUERTE


Basándome en el título de mi último libro, que es una afirmación de que la muerte no existe, quisiera dejar claro con este artículo tal enseñanza a través de una serie de razonamientos lógicos dando a los lectores las afirmaciones necesarias para que les haga reflexionar al respecto. Pero, claro, aunque mis escritos suelen estar basados en las enseñanzas ocultas, es lógico que mis razonamientos sean comprendidos, al menos, por casi todas las personas, así es que, al igual que en el libro, en este artículo voy a intentar explicar que la muerte no existe porque el verdadero ser humano pensante que habita el cuerpo físico, no es el cuerpo físico puesto que es simplemente materia.

Comencemos por diferenciar el Yo pensante de todo lo demás, es decir, del no-yo. Cuando, refiriéndonos a nosotros mismos, decimos “yo”, estamos afirmando que somos autoconscientes, que nos identificamos a nosotros mismos como un Yo separado de los demás yoes y de los demás objetos que nos rodean porque nuestra conciencia no se identifica con ellos en ningún sentido.

El Yo, o verdadero ser humano, no puede ser el cuerpo físico puesto que éste está compuesto de átomos (con sus protones, neutrones, electones, quark...) como cualquier otro objeto físico. Si fuéramos el cuerpo físico también nos identificaríamos con cualquier objeto y los objetos tendrían sentimientos y pensarían como nosotros pero no es así, luego entonces, el Yo es algo más que el cuerpo físico. Es más, ni siquiera el cuerpo físico es materia puesto que a la composición del átomo se la podría denominar más bien energética.

No podemos ser el cuerpo físico puesto que, en realidad, el cuerpo físico no ve, ya que son los ojos los que captan las ondas de luz (vibraciones electromagnéticas) que hacen que podamos recibir en el cerebro las imágenes que nos rodean. Una vez en la retina, la luz produce unos impulsos nerviosos que llegan al cerebro reflejando así dichas imágenes. ¿Esto significa que es el cerebro quien ve? Por supuesto que no, ya hemos dicho que nosotros no somos materia física y el cerebro es materia física. Además y por otro lado, si nosotros fuéramos el cerebro ¿cómo se reflejaría y dónde estarían las emociones, los deseos, los sentimientos…? El cerebro es, simplemente, el ordenador central del sistema nervioso central puesto a disposición del Yo y, por tanto y como todo lo demás, es no-yo, sin embargo le pertenece al Yo y es uan herramienta imprescindible para su desarrollo aquí en la Tierra.

Es cierto que el cuerpo físico tiene vida y que gracias al sistema nervioso, al cerebro, a los impulsos eléctricos, etc., hacen pensar a la mayoría de las personas que son ellas mismas, pero lo cierto es que lo más aproximado a eso sería el cerebro. El cerebro recibe las ondas sonoras que, procedentes del oído, también ponen en actividad las neuronas pero, como en el caso anterior de la vista, ¿Quién es el que distingue los sonidos y decide cuál le gusta más o menos? Ni las neuronas, ni los impulsos eléctricos, ni ninguna otra actividad cerebral puesto que el cerebro es solamente el vehículo físico de la mente.

Para comprender lo que intentamos explicar hay que saber quién es y dónde está situado el Yo. Ya hemos dicho que el Yo no es material porque si lo fuéramos nos sentiríamos como cualquier objeto; por el hecho de tener vida tampoco somos un “Yo” puesto que entonces las plantas (que tienen cuerpo físico y vida) tendrían conciencia y se manifestarían como yoes autoconscientes; tampoco por el hecho de tener sentimientos, deseos y emociones nos puede hacer pensar que somos yoes puesto que entonces nos identificaríamos con los animales que también los tienen. La gran diferencia con esos reinos, y más aún con los animales, es que, además de tener cerebro como ellos, nosotros tenemos la mente. Y por el hecho de que la mente (inmaterial) compenetre etéricamente el cerebro físico ya hacen pensar a otras muchas personas que el Yo es la mente.

Es cierto que la mente tiene influencia y poder sobre el cerebro, pues, éste es, al fin y al cabo, un centro de operaciones pero no es el controlador u operador. Se ha demostrado que el pensamiento (los hábitos, la concentración, etc.) pone en actividad las áreas correspondientes del cerebro según sea lo que se piense, sobre todo cuando se piensa voluntaria y conscientemente. También se ha demostrado que esa actividad puede transformar el cerebro, lo que nos lleva a confirmar que nosotros no somos el cerebro y, aunque parece ser que fuéramos la mente, lo cierto es que tampoco lo somos.

Como podemos comprender si estudiamos el papel de la mente, ésta tampoco puede ser el Yo individual de cada persona, la mente forma parte de la personalidad (cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo de deseos y cuerpo mental) mientras que el Ego, el Yo superior es la individualidad que utiliza dichos cuerpos con más o menos poder según el desarrollo adquirido a través de los renacimientos. ¿Por qué no tiene un poder total? pues porque la personalidad no ha evolucionado lo suficiente como para facilitarle su expresión, es más, ni siquiera puede controlar continuamente (como algún día se hará) la mente ya que, como sabemos, está casi todo el día suelta pensando en cosas de las que nos somos conscientes y cambiando de un motivo a otro sin control ni razonamiento.

Cuando la humanidad aún no había desarrollado la razón hace millones de años, el Yo superior no tenía apenas posibilidad de hablarnos. Fue en gran parte gracias al estado purgatorial después de cada vida y al karma de cada renacimiento como el hombre comenzó a oír la “voz de la conciencia”, es decir, las advertencias del Yo superior para que no hiciéramos el mal. El cuerpo más perfecto y evolucionado de todos es el cuerpo físico, precisamente por ser el más antiguo en desarrollo y por tener la conciencia en él y en el mundo físico, pero el cuerpo físico es un vehículo de acción bajo la influencia del cuerpo de deseos (deseos, sentimientos, emociones, pasiones…) Este otro cuerpo es el que ha dominado al hombre desde hace millones de años haciendo que se apegue a todo lo material y haciéndole egoísta y depravado.

A partir de obtener la mente comenzamos a controlar un poco dicho cuerpo de deseos pero aún hoy nos dejamos llevar demasiado por él. En occidente es donde más se domina al cuerpo de deseos gracias a que la voluntad ha sabido utilizar la mente para el desarrollo humano en todos los sentidos, pero aun así y como he dicho antes, la mente sigue actuando a su antojo la mayor parte del tiempo y no controla como debería al cuerpo de deseos. El objetivo próximo es controlar la mente para gobernar el cuerpo de deseos y utilizarle en beneficio propio en sentido moral, intelectual y espiritual pero para conseguir esto debemos facilitar la comunicación del Yo superior, o sea, purificar la personalidad para que pueda expresarse el Yo.

Así es que el yo verdadero tampoco es la mente y si en algún sitio conocido tuviéramos que situarle sería en la mente abstracta, que es como decir casi totalmente fuera de nuestro alcance actual. Pero tampoco podemos decir que no tengamos alguna comunicación con él desde el punto de vista de la personalidad, el Yo superior se expresa como voluntad, como intuición e incluso podemos acercarnos a él por medio de la concentración, la meditación y la contemplación. El mayor inconveniente para conseguirlo es que el no-yo o yo personal está constantemente pensando con la mente concreta u objetiva y dejándose llevar por los deseos y sentimientos que nos impulsan a actuar y a pensar más mal que bien. Sin embargo, algún día conseguiremos esa comunicación directa y él dirigirá a la personalidad a través de lo que hoy llamamos mundo mental abstracto.

Comprendiendo que la voluntad representa un aspecto del Yo superior es fácil admitir que:

1º.- La voluntad domina a la mente.
2º.- La mente (dirigida voluntaria y conscientemente por el Yo) se sitúa por encima de los deseos y sentimientos (cuerpo de deseos) porque, como sabemos, si queremos los podemos dominar.
3º.- Los deseos, sentimientos y emociones impulsan al cuerpo físico a actuar en una dirección o en otra.

Lo que significa que:

1º.- Un cuerpo físico por sí solo no puede actuar porque no es el Yo.
2º.- Un cuerpo físico con deseos y sentimientos actuaría sin control dejándose llevar por los mismos, lo que tampoco representaría al Yo.
3º.- Un cuerpo físico con deseos, sentimientos y mente sería similar al caso anterior puesto que la mente, sin la voluntad del Yo que la controle, andaría de un lado para otro más o menos dominada por el cuerpo de deseos.
4º.- Pero todo lo anterior más la voluntad sí sería y es lo que actualmente somos, un Yo con sus cuerpos de expresión.

Ya hemos visto que el cuerpo físico no es el Yo que nos permite autoreconocernos como individuos separados unos de otros y de todo lo que nos rodea, incluyendo nuestros propios cuerpos. Basándonos en todo lo explicado hasta ahora, podemos decir que para nosotros, como humanos antoconscientes de nosotros mismos, la muerte no existe porque solo es el abandono del cuerpo físico como abandonamos una herramienta o la ropa que ya no nos sirve. Pero si la muerte no existe ¿Qué ocurre en el momento de la muerte? Ni más ni menos que lo que acabamos de decir, abandonamos el cuerpo físico porque ya ha cumplido la misión respecto al servicio que debía prestarnos en nuestra vida y destino. Pero, como ya hemos podido razonar, como el verdadero Yo se manifiesta con los otros cuerpos, y por tanto, aún tiene sentimientos y deseos y aún piensa, sigue siendo el mismo en los otros mundos.

Nosotros abandonamos el cuerpo físico durante unas horas cada noche, y por eso mismo perdemos la conciencia de forma similar al momento de la muerte. Esa pérdida de conciencia es la salida del Yo, o lo que es lo mismo, la salida de la conciencia y de la voluntad, por eso queda aparentemente muerto. La diferencia es simplemente que en el momento de la muerte del cuerpo físico rompemos el hilo que nos conecta a este cuerpo y durante el sueño no ¿Y por qué no se rompió en la primera noche que abandonamos el cuerpo? Pues porque no era el momento de la muerte, lo que significa que el Yo viene con un destino para experimentar, aprender y evolucionar. ¿Cómo? Llevándose la película de la vida y extrayendo la qintaesencia de ella para que aborrezcamos el mal y nos esforcemos por hacer el bien. Y cuando, al cabo de un tiempo después de la muerte, ese Yo haya hecho los trabajos pertinentes respecto a su futura vida y destino kármico, renacerá con otro cuerpo físico (que es lo que hemos estado haciendo desde hace millones de años hasta hoy) y por eso el hombre, el Yo hace cada vez unas creaciones e invenciones más perfectas y asombrosas. De manera que si naciéramos por primera vez en cada vida no podríamos hacer todo lo que hacemos puesto que no traeríamos nada del pasado en sentido de experiencia ni como conciencia.

Así es que nosotros, como Yoes, renacemos y utilizamos en cada vida un cuerpo físico más perfecto, moral, inteligente y espiritual, gracias a lo experimentado anteriormente en otros muchos cuerpos físicos. Y esto será así hasta que desarrollemos una serie de virtudes espirituales que hagan posible el desarrollo de los poderes de este Yo (Alma o Espíritu) hasta el punto, aún muy lejano, de ser a “imagen y semejanza de nuestro Padre que está en los Cielos”.

Como mi intención al escribir este pequeño artículo es intentar explicar que no somos el cuerpo físico y que, después de la muerte del mismo, seguimos siendo iguales internamente, ahora pregunto ¿Para qué enterrar el cuerpo que es totalmente negativo desde el punto de vista esotérico, y desde el de la salud? Si el sentimiento más común entre los familiares de algún fallecido es pensar: “Yo sé que no está ahí en la tumba está como alma en el cielo o en algún otro sitio”. ¿Por qué enterrar su cuerpo si, en realidad, los “fallecidos” siguen vivos y nos escuchan y están junto a nosotros estemos donde estemos?

Francisco Nieto

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