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sábado, 29 de enero de 2011

BUSCANDO LA ELEVACIÓN ESPIRITUAL


Cualquier persona que medite seria y profundamente sobre el desarrollo obtenido por la humanidad desde sus primeros tiempos como tal hasta el presente, puede llegar fácilmente a la conclusión de que la evolución sigue unas líneas de desarrollo de menor a mayor, es decir, de tener un instinto similar al animal a ser una entidad inteligente cuyo discernimiento le hace diferenciar entre el bien y el mal, por consiguiente, es lógico pensar que haya un plan o meta que nos lleve a vencer al mal para así obtener la perfección como entidades espirituales.
La falta de ciertos conocimientos (la ignorancia) y de desarrollo espiritual interno, hizo que desarrolláramos la fe en algo superior aunque invisible a nuestros ojos, y hoy, aunque gran parte de la humanidad tiene su conciencia situada más en el bien que en el mal, todavía necesitamos la fe que nos haga pensar que por encima de tantas catástrofes y maldades del hombre haya una meta de perfección para todos. Y es que de la confusión, de la destrucción y del mal debe nacer el convencimiento interno de que todos procedemos de un Ser superior y de que entre todos alcanzaremos la paz y el amor.


Lo mismo que ese gran ser que llamamos Dios nos ha facilitado todo para que desarrollemos la razón para que diferenciemos el bien del mal y para que luchemos contra la ignorancia y el egoísmo que nos lleva a esa confusión y destrucción, así mismo pone a nuestra disposición los más elevados sentimientos y todo lo que necesitamos para que no volvamos a caer en los mismos errores del pasado y para que escuchemos su voz que, por lo general, no queremos oír. No hay nada fuera de Dios, ni siquiera nosotros, aparentemente independientes y alejados de Él, nos podemos separar de Él. Dios siempre ha tenido un sendero de fe, de confianza y de Verdad a nuestra disposición para que venzamos el mal y para que desarrollemos el bien, por tanto, no es que Dios deba cambiar o manifestarse de otro modo, sino que nosotros debemos buscar la Verdad y discernir para que, a través de la intuición y del corazón, podamos descubrirle en nosotros mismos.


Nos solemos quejar de que los problemas que nos afectan tanto a nivel personal como de humanidad impiden que alcancemos nuestros propósitos y aspiraciones, pero no nos paramos a pensar que somos nosotros mismos los que en un anterior renacimiento hicimos las causas que ahora tienen esos efectos sobre nosotros mismos. Si bien es cierto que hay unas leyes inmutables o divinas que administran nuestras causas de pensamientos, palabras y obras, también lo es que esas Leyes tienen como fin llevarnos a una meta llamada perfección. Así es que, somos nosotros quienes de forma individual debemos comenzar a crear causas nuevas cada día y en cada momento para que la meta de Dios, la perfección del Espíritu, vaya desarrollándose como divinos e hijos de Él que somos. Por muy lejos que nos podamos sentir de Dios, no debemos olvidar que trabajando y esforzándonos por hacer el bien, nos estamos acercando a Él. Cada tentación o prueba vencida, cada virtud nueva desarrollada y cada experiencia vivida con buena voluntad, nos acerca un poco más a Él. Es necesario que comprendamos que somos nosotros quienes creamos los problemas físicos, mentales y emocionales, y que si dedicáramos cada momento de nuestra vida a observar y meditar lo que hacemos desde el punto de vista del Espíritu, expresaríamos mejor lo que somos y crearíamos un mejor destino para la humanidad.


Dios es Espíritu y nosotros, como hijos separados temporalmente de Él, también lo somos y tenemos Sus poderes en estado embrionario. Actualmente, esa parte de la humanidad que va en cabeza de la evolución y que ha desarrollado en gran medida el discernimiento y el corazón, demandan un nuevo conocimiento, una nueva enseñanza que les lleve a descubrir los misterios del “corazón” y de la “mente”. El corazón se desarrolla cuando aplicamos consciente y voluntariamente a la vida las enseñanzas de Cristo, es decir, cuando estamos pendiente de lo que pensamos, de lo que hacemos y de los sentimientos que manifestamos para así poder expresarnos como lo haría Cristo en nosotros. La mente se desarrolla de forma más rápida cuando se medita y se razona profundamente las enseñanzas dadas por las Escuelas de Misterios. El discernimiento aplicado a estas verdades y a la vida cotidiana nos llevará a la conclusión de que todos somos hermanos y que todos debemos llegar a alcanzar esa perfección espiritual.


Cuando alguien ha alcanzado el nivel necesario como para necesitar estas nuevas enseñanzas y dado que su corazón también muestra la necesidad de encontrar a Dios, se encuentra con el primer impedimento: la personalidad. La personalidad está compuesta por un cuerpo físico, un cuerpo de deseos (deseos, sentimientos, emociones, pasiones…) y una mente, de los cuales el cuerpo físico fue el primero que obtuvimos y la mente la última. Así es que el cuerpo físico se ha dejado llevar por los deseos materiales y egoístas durante millones de años y por eso nos cuesta tanto transformar la personalidad por medio de la razón o el discernimiento. Pero aunque lo primero que desarrolló el cuerpo de deseos fue el mal, está claro que desde entonces y hasta ahora hemos desarrollado también buenos sentimientos y deseos, por eso, en la etapa actual, debemos utilizar la razón para descubrir cuáles son nuestras virtudes y cuáles nos faltan por desarrollar para así dejar morir los defectos de la personalidad por inanición o falta de práctica. Y es así como estamos abriendo el corazón para recibir las influencias espirituales a la vez que controlamos la mente para que observe a los cuerpos inferiores y escuche la voz del propio espíritu reencarnante.


Es cierto que el cuerpo físico es materia y, por tanto, es lo opuesto al espíritu, y que ha estado dominado por los deseos más bajos que le han impulsado a hacer mucho mal, sin embargo, si no fuera por el cuerpo físico nada de lo conseguido y gran parte de lo que nos queda por conseguir se alcanzaría. El desarrollo y evolución de la humanidad se alcanza por medio del renacimiento y de las experiencias en cada vida física y en nosotros está utilizar la voluntad y la razón para doblegar los malos deseos y sentimientos y manifestar en cada momento lo mejor de de cada uno. Al igual que una madre forma en su interior el cuerpo de un futuro ser, así nosotros podemos hacer lo mismo respecto al Cuerpo-Alma gracias al cual venceremos la muerte y nos liberaremos del renacimiento; y lo mismo que esa madre sufre para que nazca pero lo hace con amor y con cierto gozo interno, también nosotros debemos formar y dar a luz ese Cristo niño por muy duras pruebas y tentaciones que se nos presenten. Somos libres y tenemos la voluntad y el discernimiento a nuestro favor, por tanto, si de verdad queremos encontrar la Verdad para elevarnos en espíritu, es decir, a Dios, debemos tener la fortaleza suficiente como para elegir en cada momento entre el sí o el no, entre la verdad o la mentira, entre el bien o el mal.

Cuando a una persona le llega el momento, en determinada vida, de conocer las nuevas enseñanzas que le llevarán a hollar el sendero de aceleración o perfección, conectará con alguna Escuela de Misterios donde sus guías o Hermanos Mayores le observarán y pondrán a prueba. Pero por muchas y muy duras pruebas que pase, estos Hermanos Mayores nunca le abandonarán ni tampoco le podrán pruebas que no pueda superar. Al contrario, el aspirante comprobará que con cada prueba superada, con cada experiencia asimilada y con cada virtud desarrollada, su espíritu crece y muestra su poder naciendo así como un Cristo en la personalidad. Sin embargo, si esa persona preparada ya para dar ese nuevo paso, no desea hacerlo porque se siente a gusto (dominado) entre los placeres y el materialismo, estará atrasando en gran medida su evolución ignorando que tarde o temprano (como los niños en los colegios) tendrá que dar ese paso que le hará avanzar hacia la meta prevista o perfección.
Aún así, estas personas deben saber que por muy pocos esfuerzos que hagan y por poco que consigan en esta vida no lo perderán, lo que la personalidad desarrolla según los planes de Dios ya no se pierde y lo tendrán a su disposición para la siguiente vida. Por otro lado y aunque normalmente nunca se abandona definitivamente el sendero, es muy triste para los Hermanos Mayores y un gran sufrimiento para el Espíritu el que la personalidad salga vencedora de esta lucha entre el hombre y el Alma. De aquí la necesidad de observarnos como personalidad, de conocernos y analizarnos para después poner manos a la obra y levantarnos después de cada caída porque, lo cierto es que, “se deja vencer quien deja de intentarlo una y otra vez”


De alguna manera, las religiones coinciden en que Dios es Amor, de hecho, pienso que nadie ha definido la grandeza y el verdadero significado del verdadero Amor. Dice la Biblia que “quien vive en amor vive en Dios y Dios en él”, así es que si somos hijos de Dios debemos desarrollar ese amor que de forma latente todos tenemos en el corazón, ese es el camino más corto y más seguro para alcanzar la elevación y la perfección. Las esperanzas y los ideales son medios para elevarnos en busca de la Verdad que nos llevará a Dios, y para realizar las esperanzas y los ideales elevados, tenemos que valernos de nuestras virtudes, ya que éstas son parte del verdadero amor. El desarrollo de virtudes espirituales, la superación de nuestros defectos, la oración y la adoración a Dios son aspectos del amor que están a nuestro alcance en la vida diaria y que pueden transformar nuestras vidas. Consagrar nuestra vida a hablar, pensar y actuar con amor es consagrarnos a Dios y es acelerar nuestro crecimiento anímico a pasos agigantados.

Francisco Nieto

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