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sábado, 9 de julio de 2011

EL PAPEL DE LA RELACIÓN EN EL DESARROLLO ESPIRITUAL

Todo ocultista sabe que la relación existe desde que comenzó la manifestación del universo o del cosmos, esto es, desde que un gran Ser, al que normalmente llamamos Dios, como Espíritu, creó su polo opuesto que llamamos materia. Toda la manifestación física está formada de infinidad de partes relacionadas con la Unidad, con Dios, pero está claro que esa Unidad (o naturaleza, como algunos prefieren llamar a Dios) contiene y representa el orden, la justicia, la belleza, la verdad, la armonía, el amor, la fraternidad y otras muchas más cualidades y aspectos del Ser que aun no hemos desarrollado por estar en el grado evolutivo en que estamos. Así es que, si somos parte de esa Unidad con todos esos aspectos elevados, tenemos que tener las mismas posibilidades o los suficientes medios como para desarrollarlos, y todo ello gracias a las relaciones de nosotros como Espíritus respecto a la materia, de nosotros como Almas respecto a los vehículos de expresión que tenemos, y de nosotros como personas respecto a los demás. Comprendido lo anterior, está claro que, como partes de esa “Unidad” o “Todo”, la evolución de la conciencia nos tiene que llevar hasta Ello, y que, si en cada uno de nosotros están latentes todos esos aspectos divinos, queramos o no (hablando, como es lógico, de la reencarnación) iremos sintonizando cada vez más con la vibración o vida de esa Unidad hasta dejar de ser diferentes o partes separadas que se relacionan.

Pero, como es obvio, la duración o la consumación de ese hecho dependerá de nuestras acciones y reacciones, es decir, de si nos expresamos y reaccionamos a través de nuestros aspectos o virtudes del Espíritu o lo hacemos como simples personas que actúan por instinto, con pasión y egoísmo o que no utilizan el discernimiento. La relación existe desde el átomo (las partículas que lo componen) hasta el propio universo, objetivo y subjetivo, pero el resultado de esa relación será de “orden” y “caos”, “bueno” o “malo”, etc., dependiendo del desarrollo o grado de conciencia de la vida que lo anima. En este sentido podríamos hacer la siguiente comparación: El átomo que es parte de una molécula y ésta de una célula, y ésta de un cuerpo físico cuya vida y conciencia es aún poco desarrollado, no contiene la misma relación con esas partes si la evolución del individuo fuera muy elevada en sentido espiritual. Pero la relación no existe solamente en el plano objetivo y material sino que también es tal en lo subjetivo y en todo aquello que no vemos.

El átomo, dada su poca evolución de conciencia, expresa esa relación en forma de atracción y repulsión entre sus partículas, sin embargo, en nuestro caso y puesto que nuestra conciencia está mucho más evolucionada, sabemos que nos podemos expresar con atracción, repulsión o indiferencia, teniendo en cuenta muy especialmente que dentro de la atracción es donde más podemos manifestar los aspectos del Espíritu relacionados con los aspectos divinos de la Unidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Por consiguiente, nosotros evolucionamos también (desde lo invisible) gracias a nuestros sentimientos, deseos, emociones…, en relación con los de los demás; y lo mismo ocurre respecto a nuestros pensamientos según sean su naturaleza y, por tanto, según creen armonía o discordia al contactar con los que hay en la atmósfera mental. Pero todo esto, como es lógico, tendrá una relación con el grado de conciencia que cada uno haya alcanzado, con el control de la mente y con la buena o mala voluntad de cada individuo; repercutiendo todos los efectos de las relaciones en esa Unidad de la que somos parte.

Si hay infinidad de partes visibles e invisibles, tiene que haber un origen, una Unidad de donde han sido separadas temporalmente las partes, y la relación entre la Unidad y las partes bien podríamos llamarla “evolución” puesto que es la evolución del Espíritu a través de la materia la que origina la conciencia que progresivamente se va relacionando con la conciencia de dicha “Unidad” o Dios. Pero nuestra evolución es el efecto de la “relación”, la cual cambia continuamente, tanto de una vida para otra como en la misma vida dependiendo, a su vez, del grado de nuestra conciencia en relación con las conciencias que nos rodean. La relación entre dos hermanos menores no es la misma que entre éstos cuando son adultos y lo mismo ocurre con todas las personas y cosas que nos rodean. Mi relación no es la misma con una persona que tiene conocimientos ocultos y que es un aspirante espiritual como yo, que con otras que solo piensan en divertirse y en sacar el mayor provecho posible del mundo físico y de sus relaciones personales. Por tanto, somos una unidad dentro de una gran red de relaciones de las cuales podremos obtener beneficio o perjuicio según sepamos expresar las virtudes o aspectos espirituales relacionados con el grado de desarrollo de nuestra conciencia.

Podríamos diferenciar la relación en dos bloques: La interna y la externa. La relación interna es la que nos une a la Unidad que nos creó, a otras Jerarquías creadoras, a nuestros hermanos en Espíritu (también partes) y a los Mundos, Submundos, Rayos, Subrayos, etc., pero “con” y “dentro” de los cuales no somos conscientes pero sí lo seremos en el futuro según se vaya ampliando nuestra conciencia. La relación externa es la que creamos y tenemos con la conciencia de vigilia y la que está relacionada con la Ley kármica de Causa y Efecto. Es verdad que a veces manifestamos sabiduría y actuamos en conciencia pero, por lo general, nuestra consciencia está centrada en las relaciones y en las reacciones de nosotros mismos y hacia todo lo que nos rodea, sin embargo es en esto último lo que nos interesa trabajar como partes de ese Dios. ¿Nos hemos parado a pensar en que las instituciones, centros, escuelas… son centros para la estabilización de las relaciones y para fijar un modelo de acción que determine su naturaleza? Pues algo similar ocurre con el aspecto interno respecto al externo, nuestros valores internos deben actuar como instituciones que marquen una pauta a seguir por lo externo.

¿Qué significa esto? Pues que hay que hacer lo que tantas veces se repite en ocultismo, observarnos, analizarnos, conocernos…, porque sólo así podremos darnos cuenta de qué clase de institución o qué patrones tenemos en lo interior para llevar a la práctica en lo exterior. ¿Cómo pensamos? ¿Qué sentimos y cómo reaccionamos ante los demás? ¿Cómo actuamos ante determinadas circunstancias? ¿Cuántas veces actuamos en conciencia para colaborar con el Espíritu durante el día? Si hay un sentimiento interno de igualdad, de amor al prójimo y de fraternidad, no puede haber desigualdad ni conflicto en las relaciones externas. En el mundo externo hay más sentimientos de desigualdad, de conflicto y de oposición que en lo interno debido a las diferencias (hombre-mujer, jefes-subordinados, ciencia-religión, orgullo-humildad, egoísmo-altruismo…) y esto es debido al grado evolutivo de la conciencia de cada uno y a la falta de contacto e identificación de lo externo con lo interno. Todos nosotros hemos pasado, o pasaremos a través de la reencarnación, por situaciones en que, por el hecho de tener poder, hemos abusado de los débiles o han abusado de nosotros; esto se convierte en algún momento en resistencia o rebelión que, al cabo de un tiempo, causa una ruptura en la relación que hace que seamos más iguales. Esto significa que tenemos que cambiar lo interno y, de hecho, cuando lo hacemos se produce un equilibrio, una cooperación armónica que, aun siendo independientes y libres, hace que nos guiemos más por los patrones internos. Esto mismo lo podemos aplicar a todas las relaciones de la vida, respecto a la mujer, a las razas, a las religiones, al conocimiento, a la política, etc.

En realidad y respecto a la personalidad, todos somos opuestos en algún sentido respecto a otros, sin embargo, somos complementarios en lo interno. Lo opuesto y los conflictos en las relaciones proceden del hecho de que nos identificamos conscientemente con la forma física anulando así el aspecto interno o conciencia de los demás, pero cuando la buena voluntad y el discernimiento ponen manos a la obra, nos podemos dar cuenta de que las formas físicas y personalidades opuestas no tienen porqué dividir ni crear conflicto o separación. Es la ignorancia y la falta de desarrollo de la mente y de la voluntad la que antepone el “yo personal” ante “los demás”. Esto hace que nos guiemos por una serie de patrones o hábitos mentales cuyo origen es el egoísmo y el disfrute de los placeres terrenales, en definitiva, una vibración que choca con otras muchas vibraciones que nos rodean. Pero como hemos dicho, las relaciones cambian como cambian las circunstancias y la vida misma, pero nosotros, en medio de esos cambios y variadas vibraciones, tenemos la oportunidad de transformar lo externo en lo interno, bien cambiando nuestra propia vibración hacia la vida del Espíritu, o bien no respondiendo a esas vibraciones o causas haciendo que queden inactivas.

El karma actúa en base a nuestras respuestas, (conscientes o inconscientes) reacciones y cualquier otra acción desde los diferentes cuerpos, así es que, cuando respondemos a toda causa o vibración en las relaciones con vibraciones positivas (lo que nos traerá efectos positivos) o cuando no respondemos a ella porque son perjudiciales, estamos anulando el karma de nuestro destino. La Ley de Consecuencia es una ley que busca el equilibrio, de ahí que cuando el aspirante espiritual actúa de acuerdo a las leyes divinas, con responsabilidad y consciencia, esta Ley se convierte en una ley moral. Cuando en nuestras relaciones actuamos de manera superficial o con muchos cambios en la vida, no habrá la profundidad de comprensión suficiente como para considerar las relaciones completas y positivas; sólo cuando nos despojamos de los sentimientos, deseos y pensamientos egoístas (los que nublan la luz de lo interno) obtendremos unas relaciones profundas y una verdadera comunión entre Almas. Cuanto más vivimos dominados por los placeres, por lo material y por los aspectos más bajos de la personalidad, más dura será la concha que estamos creando a nuestro alrededor y más obscurecerá la luz de lo interno. Nuestras relaciones (carentes de vida y pureza en la mayoría de los casos) suelen ser parciales, inestables, de forma, y más bien aisladas; así es que, si de verdad queremos comenzar a tener verdaderas relaciones, cuyos efectos en la ley kármica sean positivas, debemos comenzar por considerar la igualdad, la dignidad, la comprensión, la tolerancia, la verdadera amistad y las cualidades del Alma en los demás.

Las diferencias entre las personas no deben considerarse obstrucciones para que la relación sea profunda y espiritual, cada sexo, raza, temperamento, religión, arte…, tiene sus características o especializaciones con un valor importante para el Alma si es que la persona las sabe utilizar en su desarrollo. Igual que , según pasan los años, el pasado formó las bases del presente y éste forma las del futuro, las diferencias y características de las cosas y de las personas deben ser respetadas y trabajadas desde el punto de vista moral y espiritual en las relaciones para que dichas diferencias específicas se conviertan en cualidades del Espíritu. La verdadera relación permite que cada diferencia entre las personas alcance su propio desarrollo y luz, es decir, permite que cada individuo exprese lo mejor de sí mismo y rinda lo más que pueda dentro de sus posibilidades. Pero, sin duda alguna, la relación que debe practicar el aspirante espiritual es la que conlleva el servicio amoroso, el progreso y las acciones hechas con responsabilidad y como un deber ante Dios.

La ley de relación debería ser como la de Causa y Efecto en nuestras actividades cotidianas, es decir, debería inclinarse hacia el desarrollo del equilibrio ya que, en la mayoría de los casos, los impactos que proceden del exterior y de los demás, obtienen respuesta por parte nuestra, y esa respuesta es la que debe ser sabia y digna de un verdadero aspirante espiritual. Sí, las respuestas ante los demás y ante las circunstancias pueden ser variadas (sutiles, insuficientes, impulsivas, descontroladas, etc.) pero nosotros (los estudiantes de ocultismo y los aspirantes espirituales) deberíamos responder de forma equilibrada, inteligente y satisfactoria, porque actuando así es como creamos un destino armónico y justo. En realidad, la verdadera y recta relación debe estar basada en sentimientos de hermandad y de fraternidad puesto que ésta se realiza con todas las formas de vida, incluyendo a los animales y otras que sabemos que, aun invisibles, están con nosotros; esto debería ser así porque cuando hay fraternidad, la Unidad y las partes se unen y suman. Si tuviéramos presente siempre estas palabras, no habría desigualdad ni diferencias entre las personas ya que esta clase de relación exterioriza la Unidad. La fraternidad convierte a la relación en pura y acaba con el aspecto, posesivo y de gratificación personal de cada uno de los partícipes. Una relación donde el egoísmo y la gratificación se disfrazan de amor incluso para buscar el goce, es una relación falsa que no creará nada más que conflictos y deudas del destino kármico. Con esto no quiero decir que el goce de los sentimientos sea malo, sino que el goce que se debe buscar en la relación es el del deber moral y espiritual cumplido y el que siente cada uno cuando queda satisfecho por haber hecho una buena obra.

La profundidad en la relación procede del Yo superior o Alma puesto que es inegoísta y nada tiene que ver con nuestra personalidad terrenal ni con las demás personalidades que nos rodean. Cuando el esfuerzo y el sacrificio inclinan a relacionarnos de esta manera (aunque sea pocas veces al día) es como si la relación fuera entre Almas de similar grado de conciencia y evolución. Esto nos lleva a afirmar que la propia evolución nos ayudará a manifestar la relación perfecta basada en el amor puro o divino. Claro que para ello debemos estar atentos y observar cada momento para actuar de la forma espiritual ya mencionada para, así, aumentar el registro que tenemos de nuestras buenas acciones que es al fin y al cabo, lo que nos facilita la expresión y exaltación espiritual. Cada momento nos permite actuar de acuerdo a las leyes de Dios y cada registro de esos hechos queda registrado para que no se pierda el poder espiritual que estamos acumulando. Pero somos nosotros mismos quienes de una forma consciente y voluntaria debemos responder y actuar correctamente en nuestras relaciones y en nuestra conducta en general. Es bueno revisar los hechos y las reacciones de cada día cuando nos acostamos para analizarnos y ver dónde y cómo hemos actuado correcta o incorrectamente. En las relaciones no se debe causar daño a nadie en ningún sentido, no debe haber egoísmo ni abuso, sino que se debe manifestar el amor más elevado y puro y se debe sacrificar uno mismo en favor de los demás. La perfecta relación lleva consigo un control del cuerpo de deseos (emocional) y de la mente para no causar tampoco ningún mal a través de los sentimientos y pensamientos, pero si tubiera que resumir el sentido de la relación en pocas palabras diría que la relación perfecta se alcanza comenzando por imitar a Cristo en todas nuestras actitudes.

La verdadera y fraternal relación no utiliza al prójimo para beneficio propio ni le explota en ningún sentido, sino que es justa, permite la colaboración y respeta la libertad y el libre albedrío; de esta forma cada individuo puede ser él mismo sin nada que le condiciones o cohíba. Pero la relación también debe contener armonía de vibraciones, comunión de sentimientos elevados, sincronización de vibraciones y un intercambio de personalidades libre de conflicto y dominación; así el hombre libre en sus relaciones convive fraternalmente con todo ser viviente sin apegarse a nada ni crearse deudas para su futuro destino. Una persona cuya actuación es así de correcta se está librando del karma que le ata a la tierra porque actúa de acuerdo a la ley del Espíritu que es la ley del servicio y del sacrificio por los demás. Esta línea como actitud en las relaciones llega incluso a limpiar la consciencia de todo aquello que le hacía reaccionar, sentir y pensar mal y ya no está condicionado ni encerrado en esa concha que él mismo se creó al dejarse dominar por el aspecto inferior de la personalidad. De esta manera y siguiendo esta línea de acción, el aspirante espiritual se convierte en un centro de vida y de fraternidad en sus relaciones, se libera del pasado y de los patrones de conducta que le entorpecían, siempre está vibrando como una luz entre los demás y en sintonía con sus vibraciones, todo cuando le rodea vibra en consonancia con él, se identifica con las consciencias del prójimo y su relación es universal como la unidad de la cual es parte.


Francisco Nieto

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