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miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA AYUDA DEL AUTOCONOCIMIENTO (y II)


Si, por tanto, debemos purificar nuestro carácter, debemos saber dónde está lo que hay que eliminar o transformar y qué medios tenemos para ello; así es que analizaremos nuestros vehículos:

1º.- El cuerpo físico no crea pensamientos, deseos, emociones ni nada de lo que comúnmente decimos que somos, pero es el vehículo por medio del cual se expresa todo esos aspectos personales, es decir, gracias a la palabra y al cerebro. Esta claro que para controlar este vehiculo debe hacerse por medio de la mente.

2º.- Tenemos un segundo cuerpo que es la vida que anima el cuerpo físico pero que, a su vez, está relacionado con la memoria y con la mente consciente e inconsciente, ya que la repetición es la base de todo ello. Está claro que para transformar este cuerpo debemos practicar la repetición de los asuntos relacionados con el Yo superior o Alma.

3º.- El cuerpo de deseos sí es de suma importancia en el trabajo que queremos desarrollar porque este vehículo es el que ha estado dominando al hombre desde su nacimiento como tal. Cuando obtuvimos el cuerpo de deseos hace millones de años no habíamos obtenido aún la semilla de lo que hoy hemos desarrollado y llamamos mente, por tanto éramos deseos —egoístas, materialistas, de lujuria, etc.— sentimientos —de venganza, odio, etc.— y emociones y pasiones. Este vehículo también tiene sus virtudes —deseos y sentimientos elevados— pero a nosotros los que nos interesan son los defectos o, como algunas escuelas les llaman los “yoes” ¿Por qué llaman yoes a estos defectos —bajos sentimientos, pasiones incontroladas, deseos animales, etc.— que tanto dominan a la humanidad? Precisamente porque tienen tal poder que dominan a la mente y a la voluntad en la mayoría de los casos, digamos que casi tienen inteligencia y voluntad. Por ejemplo, cuando alguien desea y lucha por quitarse un vicio que le domina, parece como si ese deseo tuviera la inteligencia y la voluntad suficiente como para dominar a la persona y hacer que caiga en su tentación en el momento de más debilidad.
Por este motivo algunos ocultistas afirman que, por ejemplo, cuando una persona fuma es porque el “yo” del tabaco le domina, o que el que solo piensa en el sexo es porque el “yo” del sexo le tiene obsesionado; o que el que no deja de criticar es porque el “yo” de la crítica hace que no razone y que no utilice la voluntad para dejar de hacerlo. Así es que, la personalidad, sobre todo el cuerpo de deseos y la mente, están llenos de “yoes”, —defectos, deseos, malos sentimientos y pensamientos, superactividad mental, etc.— que son los que la dominan, y mientras esa personalidad esté dominada por el cuerpo de deseos, y la mente siga distraída y enfocada en las cosas de la personalidad, esa persona no se hará consciente de su Ser interno; o lo que es lo mismo, estará dormido en lo que respecta a los asuntos de su Yo superior.

4º.- El cuarto vehículo es la mente, este es el cuerpo más reciente de los que hemos obtenido y por eso está tan poco desarrollada y se ve dominada en muchos casos por el cuerpo de deseos, es decir, por esos yoes —envidia, celos, pasión, crítica, rencor, etc.— Hemos dicho que quien está muy dominado por el cuerpo de deseos es como si estuviera dormido respecto a la consciencia de que él es un Yo superior, sin embargo y respecto a la mente, también se puede decir lo mismo desde el punto de vista de que el ser humano no la controla y ésta todo el día de un sitio para otro, distraída en lo que perciben los sentidos y obsesionándose con problemas, deseos, preocupaciones, etc. Así es, los yoes del cuerpo de deseos afectan, entretienen e impulsan a pensar a la mente y ésta, a su vez, impulsa en muchos casos al cuerpo físico a actuar. Pero si, además, la mente no es consciente —no hay una atención u observación constante y consciente— de todo lo que piensa, de sus sentimientos y deseos y, por tanto, de lo que habla y hace, es como si también estuviera dormida, como si viviera en el mudo irreal de los sentidos respondiendo inconscientemente y sin voluntad a los estímulos y tentaciones de esos yoes y de lo que llega por medio de los sentidos.

Pero ¿Qué es ser consciente? De una forma general, podríamos decir que es el hecho de “prestar atención voluntariamente”, pongamos algún ejemplo. Si yo observo a alguien con la mente centrada —no pensando en otras cosas— y pongo mi atención de tal manera que la observo con todo detalle, seré consciente de lo que hace, de cómo viste o de cómo es; si yo me dejo llevar por un pensamiento y termino pensando cosas que nada tienen que ver con el hecho y con mi voluntad, ya no seré consciente de esa persona y posiblemente tampoco de lo que mi mente piense puesto que no hay una atención voluntaria sobre ello. Pero si cuando estoy observando a esa persona y me viene un pensamiento, dejo de prestar atención para ponerla en ese pensamiento de una forma voluntaria y con la mente enfocada a modo de observación, entonces sí seré consciente de lo que pienso, y aunque mis ojos sigan mirando a esa persona no seré consciente de lo que haga.
Muchas personas opinan que “ser conscientes” es muy difícil que y cuesta mucho, sin embargo, ese debería ser el papel principal de la mente puesta a disposición de la voluntad o Yo superior. Cuando somos conscientes y ponemos nuestra buena voluntad en ello se dice que estamos despiertos, que vivimos la realidad que nos rodea porque ponemos atención en todo lo que decimos, sentimos, pensamos y hacemos; o sea, nos observamos a nosotros mismos con atención y voluntad. Y es cuando hacemos esto como nos damos cuenta —nos hacemos conscientes— de la cantidad de deseos, sentimientos o emociones que nos dominan; de los pensamientos que creamos y que no sirven para nada bueno; de que la mente está descontrolada y distraída con toda una serie de problemas y preocupaciones; de que esos yoes llegan a dominarnos hasta el punto de obsesionarnos con un simple pensamiento o deseo que no nos aporta nada; que permitimos que una simple expresión de otra persona haga que nos enfademos creando desequilibrios y desarmonía en nosotros, etc. etc.

Estamos llenos de prejuicios, preocupaciones, obsesiones, deseos y emociones inferiores entre otras muchas cosas que nos dominan; vicios y malos hábitos que hacen que desperdiciemos gran parte de nuestra vida. En resumidas cuentas, vivimos en un mundo irreal u obra de teatro donde nosotros mismos actuamos y cambiamos constantemente dejándonos llevar por lo externo —personas y circunstancias— y por lo interno, —yoes— y lo peor es que esa obra no se acabará mientras nosotros no nos hagamos conscientes de que lo que hacemos, decimos, sentimos y pensamos no sirve para el propósito del Alma. Una persona inconsciente o dormida respecto al Yo superior, oirá una crítica contra alguien conocido y se inmiscuirá —para defenderla o lo contrario— haciéndose parte de esa obra de teatro que han montado; se alegrará, se entristecerá o incluso se enfadará para terminar así sin nada útil para el Espíritu. Pero si esa persona es consciente de sus vehículos —está despierta— no solo no entrará en la conversación o escenario, sino que, además, no permitirá que su mente piense mal, critique, juzgue, etc., ni que su cuerpo de deseos emita deseos y sentimientos contra nadie y mucho menos que la dominen a ella.

Es observándose a sí mismo, siendo conscientes de que nos estamos observando, como podemos controlar a nuestros vehículos con sus correspondientes yoes. A nuestro Yo superior no le atrae —no se apega— lo que a nosotros como personas nos dominan; no desea dinero, fama ni propiedades; no se siente atraído por nada material ni tampoco le afectan los deseos y emociones como a nosotros —susceptibilidad, desconfianza, arrogancia, orgullo, descalificación, etc.— ¿Qué ocurre pues en cada uno de nosotros durante la mayor parte del día? Pues que estamos dirigidos —dominados— por esos aspectos personales —yoes— de acuerdo a lo que nos llega por medio de los sentidos y a lo que procede del cuerpo de deseos; es decir, nuestra mente está centrada en todos esos aspectos y nunca en lo interno, por lo que no encuentra la paz mental ni el equilibrio interno. En un momento dado podemos enfadarnos por cualquier cosa; en otro nos reímos por las gracias y burlas que hacen unos o por los chiste inmorales de otros; en otro momento seguido nos dejamos llevar por lo que dicen otros o por los medio informativos y reaccionamos maldiciendo o alegrándonos incluso por el mal ajeno; y así vamos manifestando y expresando el resultado de lo que percibimos en el mundo físico y su correspondiente efecto sobre el cuerpo de deseos y la mente.

Todo en nosotros es desorden y caos respecto al Espíritu interno por muy interesante que sea para la egoísta y materialista personalidad. No hay unidad, ni paz mental, ni armonía en nosotros porque no sabemos silenciar la mente para que no responda con la palabra, con hechos físicos ni con deseos y sentimientos que nos perjudican. Debemos ponernos en el lugar del pensador y no de la mente creadora de pensamientos, —en el puesto del viajero que sabe dónde tiene que ir y no del cochero que debe de obedecer— esa es la única manera de poder observar nuestros vehículos y ver cómo se expresan, cómo sienten y cómo piensan, lo que nos facilitaría el trabajo de cambiar de hábitos y de tener un autocontrol sobre los mismos. A continuación y después de hacer esas correcciones ya no se trata de observar los cuerpos para ver cómo se expresan sino de tomar las riendas del carruaje y dar las órdenes oportunas al cochero de acuerdo a la voluntad del pasajero interno. Cuando controlemos al cochero y consigamos que haga exactamente lo que nosotros queremos, tendremos el gobierno de todo el carruaje.

Francisco Nieto

domingo, 13 de noviembre de 2011

LA AYUDA DEL AUTOCONOCIMIENTO (I)


No recuerdo cuándo ni dónde pero sí recuerdo el significado de una narración basada en una analogía que leí hace ya unos cuantos años que se refería a lo que verdaderamente es el ser humano. Esta narración o leyenda trata de una pequeña conversación entre el cochero o conductor y el pasajero que va en su carruaje tirado por caballos, y viene a ser más o menos así:

Érase una vez un cochero que, desesperado y a la vez triste por no encontrar un pasajero que trasladar, miró hacia el interior del vehículo –hecho que no acostumbraba a hacer- y con sorpresa descubrió a un individuo allí sentado como pasajero. Entonces ocurrió lo siguiente:

Cochero: ¿Quién eres tú?

Pasajero: — Yo soy tu pasajero para toda la vida

Cochero: —¿Desde cuando eres mi pasajero si no te he visto nunca?

Pasajero: — Lo he sido siempre

Cochero: — No puede ser porque no te conozco

Pasajero: — No me has visto porque nunca has querido mirar aquí dentro

Cochero: — ¿Hasta cuando vas a ser mi pasajero

Pasajero: — Hasta siempre, siempre y cuando tengas en cuenta que estoy aquí

Cochero: — Pero, ¿Quién va a pagar el coste de un viaje tan largo?

Pasajero: — No te preocupes, yo me haré cargo de todo mientras no te olvides de mí.

Para comprender el significado oculto y espiritual de esta narración debemos aplicar la siguiente analogía:

1º.- El carruaje o vehículo representa el cuerpo físico, el cual está compuesto de materia física pero no siente, desea ni piensa sino que se deja llevar precisamente por esos aspectos.

2º.- Los caballos representan los deseos, sentimientos y pasiones, éstos hacen que el carruaje se mueva de un lado para otro, pero si no hubiera algo superior que les controlara el viaje no tendría sentido ni fin alguno.

3º.- Las riendas representan los pensamientos, los que sí tienen sentido y pueden hacer que los caballos —por lo general descontrolados— anden más seguros y tengan una determinada meta como fin.

4º.- El cochero es la mente razonadora y creadora de los pensamientos pero que, por lo general, anda de un sitio para otro, despistada y casi siempre dominada por los deseos, sentimientos y pasiones.

5º.- El pasajero es el Ego o Yo superior, el Alma de los místicos, la conciencia y la voluntad desde el punto de vista del ocultismo. Es este pasajero, este Ser interno, el que a través del renacimiento y de su propia evolución llega a contactar con el yo inferior o personalidad terrenal. Pero para que eso ocurra, la personalidad —tarde o temprano— deberá sentir la necesidad de buscar algo nuevo que le permita descubrir y comenzar una nueva forma de vida bajo la dirección del Ser interno.

La vida que hoy anima el cuerpo físico y que llamamos ser humano comenzó su evolución hace muchos millones de años, esa vida evolutiva pasó por estados de conciencia similares a los actuales reinos mineral, vegetal y animal a la vez que utilizaba formas —cuerpos— de cada vez más densa y compleja composición física. A lo largo de dichos millones de años, nosotros, como tal, desarrollamos un cuerpo físico, en el cual se fueron formando los sentidos para que, en un futuro, el ser interno pudiera ser consciente del mundo externo pues, en esa época, nuestra conciencia era interna —como en el sueño— y aún no éramos conscientes de que fuera de nosotros existía un mundo ni que había otros seres. A su vez y gracias a los sentidos, fuimos desarrollando los deseos, sentimientos y emociones naturales —el cuerpo de deseos o emocional— que, un tiempo después, nos llevarían a actuar como animales sin razón. Precisamente este hecho —entre otros— hizo que fuera necesario que la humanidad tuviera una mente. Este fue el nacimiento de la personalidad, el hombre-animal que actuaba por instinto comienza a desarrollar lo que hoy llamamos "mente" y se reconoce como un individuo entre otros en un mundo físico que aún no conocía.

Este conocimiento o despertar trajo como consecuencia dos hechos:
1º.- el nacimiento del ser humano como tal, con su autoconciencia que le permitió reconocerse como un Yo.
2º.- el nacimiento de la mente que le permitiría obtener conocimiento del mundo físico, luchar con la razón contra el hombre-animal e imponer, como hoy muchos lo están consiguiendo, el discernimiento y la voluntad para que la mente no se vea dominada por esos deseos, sentimientos y pasiones.

Ese fue el nacimiento del hombre, el despertar de la conciencia interna en el mundo externo para ser consciente de las experiencias y extraer de ellas en cada vida la quintaesencia que ha hecho posible que hoy seamos más conscientes de nosotros mismos y del mundo que nos rodea a la vez que desarrollamos la mente y la voluntad para evitar caer cada vez menos en las malas tentaciones y en los malos hábitos del cuerpo de deseos.

Pero en la época actual, aunque no para toda la humanidad, nos encontramos con que algunos seres más evolucionados tienen la necesidad, como fruto de su evolución y del desarrollo interno, de elevar su conciencia, de buscar en lo interno donde, instintivamente, saben que hay algo superior. Así es que, si en el pasado obtuvimos la autoconciencia en el mundo externo o físico, ahora, los individuos más adelantados, buscan la autoconciencia interna o unión con esa Alma o Yo superior. Pero para despertar de nuevo y “conscientemente” en el mundo interno, primero debemos conocernos para trabajar en la purificación de la personalidad; y para conocernos debemos observarnos y para observarnos correctamente debemos ser conscientes en todo momento —estar “despiertos” o “atentos”— de nuestro comportamiento y expresiones. Esta es la analogía y la simbología de la narración, el ser humano ha desarrollado un Alma, un Yo superior, gracias al fruto de la evolución alcanzada, pero ese Yo superior —representado en la personalidad como voluntad y conciencia— no puede expresarse mientras la mente esté centrada en los asuntos terrestres y se deje dominar por los deseos y sentimientos contrarios al desarrollo espiritual. El cochero debe dejar de buscar fuera el motivo de su viaje —el sentido de la vida y del ser— y ser consciente o despertar en lo interno que es a través de lo cual podrá conectar con su Fuente y Origen.

Es importante conocernos para saber de qué partes estamos constituidos y cómo funciona cada una de esas partes porque así sabremos utilizar una sobre otra con tal de eliminar lo negativo y perjudicial. También es necesario que nos observemos para ver cuáles son nuestros defectos a superar y las virtudes que debemos usar y desarrollar. Entre estos dos trabajos purificaremos nuestros cuerpos y el carácter, lo que facilita la autoconsciencia de lo interno, pero no habrá una mínima compenetración entre la personalidad y el Yo superior hasta que la personalidad no esté totalmente controlada por la voluntad consciente en todo momento.

Es imprescindible estar “atentos” a lo que penetra por los sentidos, hay que utilizar la mente “conscientemente” para discernir entre lo verdadero y lo falso y entre lo bueno y lo malo, y hay que vivir constantemente y de manera atenta y consciente en cada segundo de nuestra vida para así tener siempre la oportunidad de actuar y de expresarnos como lo haría nuestro Yo superior. En nuestro nacimiento como humanos no teníamos aún voluntad, actuábamos según lo conocido por las experiencias y por instintos, más tarde se desarrolló la voluntad pero siempre actuaba basándose en la satisfacción de los deseos inferiores y en los entretenimientos de la mente. Ahora la voluntad debe actuar de manera que haga que los deseos, los sentimientos y la mente sirvan a su interés por identificase con el Yo superior.

Francisco Nieto