Entradas populares

martes, 2 de abril de 2013

FORO ROSANET, CAUSA Y EFECTO (III)




Queridos amigos rosanistas:


A raíz de dos intervenciones - la de Mario de 24 y la de Teresa sobre la Casa 12 - me ha venido una reflexión que puede resultar interesante, y he recordado un hecho, que vale la pena meditar. Son éstos:

1º.- Como dice Mario, deberíamos ser conscientes de que todo es energía, vibración. Y, como tal, algo creador de efectos. Pero es que, además, generalmente no recordamos que el mundo, nuestro mundo, lo creamos cada uno a nuestra imagen y semejanza ("como el hombre piensa en su corazón, así es él); que ese mundo exterior y objetivo no nos es jamás accesible tal cual es; y que sobre él, sólo disponemos de las interpretaciones que hacemos de las vibraciones que nuestros pobres sentidos reciben. Y esas vibraciones las interpretamos en base a los datos y las conclusiones a que anteriormente habíamos llegado. Pero el mundo no sabemos, en realidad, cómo es, pero seguro que no es como lo imaginamos. Y, si el mundo exterior no es como lo imaginamos, menos aún lo debe ser el mundo interno de cada uno de nuestros semejantes. Por lo tanto, ¿dónde quedan las opiniones sobre los demás y las interpretaciones de sus actos y de sus palabras y de sus ideas? ¿a qué nivel y qué utilidad pueden tener para los otros, tan incomunicados como nosotros mismos? Por eso nuestra vida es un caminar sin descanso, cargados con el equipaje que nosotros mismos nos hemos creado con nuestras propias interpretaciones. Entonces, ¿qué es, en el fondo, lo que hemos de aprender? A interpretar correctamente los estímulos. Por supuesto, los estímulos externos, y por eso afinamos nuestros sentidos y adquirimos nuevas facultades. Pero, sobre todo, los estímulos provenientes de nuestro Yo Superior o de los demás seres superiores, a través de nuestro interno. Sólo que los estímulos internos son más nuestros y más utilizables y más fácilmente interpretables y comprensibles. Por eso la oración y la meditación son tan potentes y útiles para nuestra evolución. Y por eso las tentaciones de los luciferes son tan peligrosas, porque nos hablan "desde dentro" y logran con frecuencia confundirnos. En realidad, la evolución la experimenta sólo el espíritu. Él es quien interpreta y quien adquiere experiencia y quien experimenta ampliaciones de conciencia que le hacen modificar sus conclusiones anteriores. Y todo ello, aunque de un modo casi imperceptible, regido por la Ley de Consecuencia, ya que esas conclusiones que nos hacen actuar de determinada manera no son sino consecuencias de los efectos de otras anteriores. Y las nuevas nos harán tener que interpretar los efectos de ellas derivados, y modificar nuestro modo de actuar, de pensar o de sentir. La evolución, pues, como consecuencia de la ininterrumpida actuación de la Ley, es también incansable, imparable e inevitable. Y no puede ser de otro modo.

2ª.- El relato de Teresa sobre su incidente conduciendo su vehículo, me ha recordado otro que me marcó para siempre: Yo andaba preocupado ya mucho tiempo por el hecho de que, apenas me sentaba al volante, me convertía en una especie de energúmeno que reaccionaba violentamente a todas las infracciones de los demás, los adelantamientos indebidos, la falta de utilización de los intermitentes, los peligros a que imprudentemente exponían a los otros conductores... Me preocupaba y luchaba contra ello. Pero no lograba evitarlo. Hasta que, habiendo descubierto que ello era sólo consecuencia de la enorme cantidad de formas de pensamiento y de deseos, que los conductores anteriores habían dejando flotando sobre las calles y carreteras, todas ellas de prisa, de nerviosismo, de agresividad, y hasta de violencia, se me ocurrió, apenas entraba en mi coche, elevarme lo más alto posible en mi interior y dedicarme a disolver esas formas mentales y de deseos con amor, tolerancia y, sobre todo, comprensión, dado que yo era víctima de ellas, lo mismo que los demás. Y orando, sobre todo el Padrenuestro. Llevaba un par de días actuando de ese modo cuando, en el centro de Madrid, donde el tráfico es algo infernal, me detuve, rodeado de vehículos, en un semáforo que estaba en rojo. Llevaba ya allí un par de minutos, cuando me dieron un golpe por detrás. Descendí de mi coche para ver los desperfectos causados por el alcance - afortunadamente a mí no me había pasado nada, mientras que el "agresor" se había roto un faro y un piloto - y tomar nota de los datos del conductor y de la correspondiente empresa aseguradora. Y lo mismo hicieron las dos personas que iban en el otro coche. Uno, el conductor, era un jovencito de unos veinte años. El otro, un señor de más de setenta años, mientras yo me encontraba entonces por los cuarenta y tantos. Y éste señor, con el rostro desfigurado por la ira, se dirigió a mí y, mirándome con odio, me dijo: "es usted un inepto". Ante lo injusto de aquello, mi primera reacción fue la de responderle adecuadamente. Pero, sin ninguna duda, actuó inmediatamente la buena vibración de que me había rodeado y, con toda calma y sonriendo, respondí: "Pues tiene usted razón", pensando que, si bien en aquel caso no tenía ninguna culpa, en muchos otros aspectos de la vida yo era - y sigo siendo - un inepto total. El hombre no dijo nada. Se metió en su coche mientras el conductor y yo tomábamos los datos oportunos. Pues bien, aquella noche, el señor mayor me telefoneó. Y me dijo así: "Me ha dado usted una lección que no olvidaré en lo que me quede de vida, y quiero agradecérselo. Usted estaba parado en un semáforo y le hemos embestido por detrás. La culpa ha sido, pues, toda nuestra. Pero es que ese coche lo acabábamos de sacar del concesionario en la esquina anterior. Lo he pagado yo y el conductor es un sobrino mío. Y, en el primer semáforo, le hemos dado el golpe a usted. Mi indignación ha sido tal, que he perdido los estribos y le he insultado a usted., Y usted, con su respuesta, tan inesperada para mí, me ha dado como un mazazo en la conciencia y me he visto ridículo y, desde ese momento, estoy avergonzado de mí mismo. Gracias, señor, por esa lección”. He de confesar que yo quedé tan sorprendido como él, pues no esperaba, ni mucho menos, su llamada. Pero esa llamada sirvió para que yo comprobase cuán pronta y exactamente actúa la ley de Causa y Efecto: yo rezaba para disipar la negatividad y me la disipó. Y luego, mi respuesta pacífica, la disipó en él y le hizo aprender una lección que no hubiera aprendido de haber respondido yo como él esperaba. ¿No es maravilloso cómo se nos enseña en los momentos más inesperados y cómo, si estudiamos la vida, nos damos cuenta de que no dejamos de permanecer nunca en las manos amorosas de Dios y que, si estamos positivos y elevados, las cosas suceden siempre del modo más hermoso? Por supuesto, desde aquel día, apenas monto en mi coche, me elevo y me dedico a disolver toda la negatividad que puedo. Y jamás me he vuelto a exaltar al volante, ni a tener un accidente.



Que las rosas florezcan en vuestras cruces. Paco





Sin duda que mi carta da la sensación de ser un poco fatalista; como si naciéramos con un carácter determinado y ya tuviésemos que morir con él y sufrir todas las consecuencias que nuestro mal carácter provocara. Sin duda como muy bien explica Jorge, aquella debió de ser una experiencia que se me mandó como advertencia hacia un punto negativo en mi carácter y que debía esforzarme en vencer. Sin duda, también, el remedio que propone Paco, es el mejor para vencer ésa como cualquier otra mala tendencia. Cuando oramos y meditamos, como medios de ponernos en más estrecho contacto con nuestra naturaleza superior y con Dios y los Seres Superiores, poco a poco, vamos dejando de ser nosotros los autores de nuestros actos y es nuestro Ser Superior quien actúa y obra los cambios en nuestro carácter que hará que las malas predicciones de nuestros horóscopos no lleguen a manifestarse. Eso es a lo que se le llama dominar a nuestras estrellas y lo que ningún astrólogo puede predecir, ya que no se puede saber nunca cuál es el nivel de la voluntad humana.

Estoy un poco decaída últimamente, sin duda es porque no consigo vivir como me propongo, me cuesta realizar los ejercicios y sigo cayendo siempre en los mismos errores. Supongo que ello se refleja en lo que escribo y pido disculpas a todos. Es la ley del péndulo, supongo, que también me lleva a experimentar ambos polos, hasta cuando no haya aprendido a elevarme con la oración y vida espiritual por encima de ella.

Muchas gracias, queridos amigos. ¡Que las Rosas florezcan en vuestras Cruces!





Meditando sobre lo dicho días atrás y especialmente sobre el correo de Paco del 27/11 se me hace evidente el duro destino de la humanidad tras tantas vidas en las que el Espíritu no guiaba sus cuerpos con la sabiduría que Él podría expresar.

Considerar las consecuencias de las innumerables equivocaciones que la personalidad ignorante ha cometido podría hacernos dudar de la posibilidad de alcanzar un día la liberación. ¿Cuántas vidas se necesitan para saldar las deudas de destino acumuladas por el procedimiento habitual que las personas elegimos (vivir huyendo del dolor, siguiendo las líneas de menor esfuerzo, sea para dar un simple paseo o incluso en aquellas actividades que juzgamos más "espirituales"? Algunos han descrito la vida como un círculo y no es así, la vida es una espiral. Su error es comprensible porque si no se considera desde un ángulo muy elevado, la humanidad parece dar vueltas sin cesar a sus problemas eternos. Tan lento es el proceso evolutivo general que la teoría del círculo y el eterno retorno ha sobrevivido hasta hoy.

Aunque no existieran las deudas de destino, aunque partiéramos de cero en el momento presente, los obstáculos seguirían siendo de gran dificultad. Nuestra subjetividad nos separa de otras personas, de la misma naturaleza y lo que es peor, de nosotros mismos porque "Ahora vemos por un espejo y obscuramente..." (I Cor, 13-12) y estamos tan necesitados de saber quiénes somos que los griegos enunciaron el "Hombre, conócete a ti mismo" como una de las tareas más apremiantes. En estas condiciones resulta muy difícil desenmarañar la urdimbre espesa de las causas y los efectos para llegar a un conocimiento eficaz, a una chispa de sabiduría.

Disponemos de la mente, que los griegos que he citado trabajaron más que otras culturas, la contrastaron con la naturaleza y con su ánimo inquisidor fundamentaron buena parte de la cultura occidental. Esta mente es aún joven, un instrumento que debemos dominar para que no nos atropelle como un caballo furioso. Y sabemos que la mente concreta es separatista, no tiende a fomentar la unidad. De hecho, se alía fácilmente con la parte egoísta del cuerpo de deseos, para servirla y justificarla. En todos los aspectos de la vida social puede verse esto.

Con tantas limitaciones no es extraño que necesitásemos una ayuda especial, el sacrificio redentor del Cristo iluminando la Tierra año tras año. Bajo el régimen de Jehová ya era muy difícil la salvación, el progreso en la escuela de la vida; los problemas se acumulaban sin solución. El nuevo régimen que aún no hemos interiorizado suficientemente es el de Cristo, actuando con un tipo de amor que supone una ley superior, no la destrucción de la anterior (es decir, que nuestras deudas siguen aguardando que las afrontemos). Bajo esta ley sí tenemos esperanzas, sí hay visos de progreso. Esta ley da esperanza porque enseña a romper el círculo de limitación espiritual que ha trazado la personalidad. El anillo de Alberico, robado y manchado de sangre, ya no es atractivo más tiempo. Nuestro auténtico interés se revela en la comunión con las fuerzas celestiales, comunión en la que la personalidad ya no es amo, sino sirviente gozoso. Una comunión a la que se suman todos los vehículos en equilibrio y armonía. El camino útil, el único camino de salida de nuestro callejón particular es el que señala el Servicio del Templo: "El servicio desinteresado que hacemos a los demás es el camino más corto, más seguro y más gozoso hacia Dios." ¿Veis? El más corto y el más seguro. Y además, con gozo.

Sólo da verdaderamente el que tiene algo dentro. Dar no es huída de nuestros problemas sino afrontarlos con otro ánimo, con otra perspectiva. Para servir debemos sanar el yo y unirlo con el tú en una visión superior de la vida. Superar la dualidad. Abandonar la interminable y trabajosa espiral, tomar la propia cruz y entrar en el Caduceo, el recto y ascendente camino hacia la cúspide de la montaña.

Con este arma sí que podemos salir a la vida sin pesimismo y decir a nuestra parte irredenta: ven, destino, venid deudas, porque ahora tengo luz para hacer algo positivo con vosotras, para devolver en el bien todo el mal que hice. Venid, que ya no tengo miedo, que ya nunca más caminaré por un valle de tinieblas.

Fraternalmente, Luis A. Blanco

No hay comentarios: