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domingo, 10 de noviembre de 2013

LOS CIELOS PROCLAMAN LA GLORIA DE DIOS





LOS CIELOS PROCLAMAN LA GLORIA DE DIOS
(Ultima conferencia dada por Max Heindel, en la Pro-iglesia, el Domingo por la tarde, el 5 de Enero de 1919).

            Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento muestra la obra de Sus manos. Día tras día expresa discursos y noche tras noche muestra conocimiento. No hay expresiones ni lenguaje donde Su voz no sea oída. Su mensaje atraviesa la Tierra y Sus palabras llegan a los confines del mundo. En ellas El ha colocado un tabernáculo para el Sol, que es como un prometido engaño llegando a su cámara y regocijándose como un hombre fuerte al correr una carrera.

            Hacia todos lados, por millas alrededor, vemos la gloriosa salida del Sol, dando luz y vida a todo; luego, la estrella del día se eleva alto en los cielos, luego declina hacia el horizonte oeste en una explosión de llama mientras se sumerge en el mar, llevando un post-brillo de indescriptibles variados tintes coloreando los cielos como si un líquido de fuego de lo más suaves y más hermosos tonos, que el pincel del pintor no pudo nunca reproducir a la perfección. Luego la Luna, el astro de la noche, se eleva sobre las colinas del este, llevando las estrellas y constelaciones hacia arriba en su viaje hacia el cenit y siguiendo al Sol en su permanente danza circular, la estrella describe así sobre el mapa de los cielos la pasada, presente y futura evolución del hombre entre el siempre cambiante entorno del mundo concreto sin descanso ni paz mientras los tiempos duran.

            En este siempre cambiante caleidoscópio de los cielos hay una estrella y solo una que permanece comparativamente estacionaria para todo intento y propósito y desde el punto de vista de nuestra efímera vida, la estrella Polar es un punto fijo. Cuando el marinero navega su barco en la vastedad de las aguas, tiene plena fe que en tanto guíe por esa marca alcanzará su deseado puerto. Ni es distraído cuando las nubes oscurecen su guiante luz, porque tiene un compás magnetizado de modo que a través del resplandor solar de la lluvia, en la bruma o la llovizna, apunta infaliblemente hacia la estrella fija que le permite dirigir su barco tan seguramente como si realmente pudiera ver la estrella misma. Verdaderamente los cielos proclaman la gloria del Señor.

            Como es en el macrocosmos, el gran mundo fuera de nosotros, así es en nuestras propias vidas. En nuestro nacimiento se eleva el Sol de la vida y comenzamos a ascender a través de los años de la niñez y la juventud hacia el cenit de la madurez. El siempre cambiante mundo que forma nuestro entorno Padre, Madre, hermanas y hermanos nos rodea, con amigos, conocidos y vecinos enfrentamos la batalla de la vida con la fuerza ganada en pasadas encarnaciones, para pagar las deudas contraídas, para soportar las cargas de esta vida, quizás hacerlas más pesadas, de acuerdo con nuestra sabiduría o ignorancia. Pero entre todas las cambiantes circunstancias de la vida y las vicisitudes de la existencia hay una gran guía que como la estrella Norte nunca nos falla; una guía siempre lista como la estrella firme en los cielos para conducir nuestra nave en un seguro caminar: Dios. Es significativo leer en la Biblia que los hombres sabios en su búsqueda de Cristo- nuestro Gran Maestro Espiritual, también siguieron la estrella que los condujo a ésta Gran Luz Espiritual. Qué pensaríamos del capitán del barco que abandonara el timón y dejara su nave bogar a la deriva con las mareas abandonada a los vientos o al azar ¿nos sorprendería que al fin zozobrara y perdiera su vida entre las rocas? Seguramente, no, la maravilla sería que alcanzara la playa.

            Una gran y maravillosa alegoría está descrita en caracteres cósmicos en los cielos, también lo está en nuestras propias vidas y nos advierte de abandonar la efímera vida de lo material y buscar la vida eterna de Dios.

            No hemos sido dejados sin una guía; aún a través del velo de la carne, el orgullo de la vida y la lujuria, que nos enceguecen por un tiempo. Porque así como el compás magnetizado del marino apunta a la guiante estrella, así el espíritu nos conduce hacia sus fuentes con un anhelante y esperanzado suspirar que no puede ser enteramente apagado, no importa cuanto nos hayamos sumergido en el materialismo, muchos están actualmente intentando, buscando, tratando de resolver su inquietud interior; algo parece urgirlos, como si no lo entendieran. Algo siempre los impulsa hacia delante a buscar lo espiritual y alcanzar lo más alto: Nuestro Padre en los cielos.

            David dijo: “Si subo a los cielos, allí estás Tú; si hago mi lecho en la tumba, allí estás Tú; Tú mano derecha me guiará y sostendrá”. El salmo 18 dice: “Cuando miro a los cielos, el trabajo de tus dedos, la Luna y las estrellas que Tú has ordenado, que es el hombre para que tuvieras cuidado de él y el hijo del hombre para que le visites, porque Tú le has hecho un poco inferior a los ángeles y le coronaste con gloria y honor. Le hiciste que tuviera dominio sobre los trabajos de tu mano y pusiste todas las cosas bajo sus pies”.

            Esto no es nada nuevo para aquellos que están buscando la Luz, que han puesto lo mejor de sí para vivir la vida; pero el peligro reside en aquellos que se han convertido en indiferentes puedan convertirse en espiritualmente vulgares. De allí que sean de la mayor importancia que el conductor en el timón del barco esté totalmente alerta mirando el guiante compás, de modo que nos sacuda para que no nos durmamos y el barco de nuestra vida salga fuera de curso. Fijemos nuestros rostros firmemente hacia la estrella de la esperanza, esa gran Luz espiritual, la real y única vida que merece vivirse: La vida de Dios.

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