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domingo, 9 de febrero de 2014



A LOS QUE LLORAN



“Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación” (Mateo, 5:4)

Estas palabras del gran consolador que visitó la Tierra hace dos mil años, son traídas a las mentes de todos durante la fiesta de Pascua, que proporciona gozo a  millones de personas, porque la humanidad está ahora despertando cada vez más a la comprensión de su verdadero significado.
La Pascua, que en un  tiempo fue celebrada por los pocos cristianos, ya no es sólo una fiesta cristiana. Ya no está reservada a los que aceptan el pan y el vino sacramentales de las manos de su sacerdote o ministro. Se ha convertido ahora en un gran día de regocijo para los pueblos de todas las naciones y para los fieles de todas las religiones, así como para aquellos que nunca ven el interior de una iglesia.
Se ha hecho una costumbre que las gentes de los distritos rurales, así como las de las grandes ciudades ,elijan una colina para plantar en ella una cruz y en el alegre día de Pascua, reunirse fraternalmente y adorar en comunidad, sin discriminaciones por causa de raza, credo o color; y en el nombre del más grande Espíritu que haya morado en un cuerpo físico, adorar al Espíritu Universal, ofreciendo alabanzas y acciones de gracias por la vida y la luz que fueron Su parte en el gran plan de Dios. Este espíritu de regocijo universal es expresado en un día que nos trae a la memoria el cuadro de un hombre clavado en una cruz . Pinta ante la humanidad un rostro contraído por el dolor, un cuerpo humano sufriendo la agonía de la muerte. ¿Por qué toda la cristiandad conmemora un día que recuerda ese acto de brutalidad de hace dos mil años?.
El ser humano, en su falta de conocimiento, en su vaga comprensión de la justicia de un Padre amoroso, ha hecho de la tumba un sepulcro sombrío, algo digno de temerse, el fin de todas sus aspiraciones y ambiciones. Durante edades ha temido este fin de la existencia física y ha hecho de él un tiempo de intenso sufrimiento, un período lleno de lágrimas. Pero, este gran Espíritu que tenía poder sobre la vida y la muerte permitió que El Mismo fuese crucificado; vino a la Tierra para ese gran propósito. Pero puede surgir la pregunta siguiente: ¿ Si proclamamos que Jesucristo tenía poder sobre Su Vida, entonces por qué permitió las grandes indignidades y crueldades que fueron cometidas sobre El, y por qué no se salvó a Sí mismo de esta afrentosa y cruel muerte? En la parábola del redil en Juan 10: 1-9, Jesús dice a sus oyentes: “Yo soy el buen pastor, el buen pastor da su vida por las ovejas.... Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre. “ Encontramos otra declaración hecha por Jesús después de la crucifixión, después de que El hubo sufrido la muerte en la cruz - cuando El hubo regresado del mundo espiritual para comulgar con sus discípulos. En el capítulo veintiocho de Mateo, versículo dieciocho, de nuevo proclama tener el mismo poder. “Y llegando Jesús, les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”.

Jesucristo vino a la Tierra para enseñar a la humanidad una lección particular; y si El estaba destinado a convertirse en el Salvador de la humanidad, entonces la mayor lección que El pudo haber enseñado a la humanidad, fue la de la fe. Fe en su Dios y fe en una vida después de la muerte. Con su misma muerte, Jesús debía traernos la fe y la creencia en una vida después de la muerte. El predicó la inmortalidad, y para imprimir mejor este hecho sobre la humanidad, debió pasar a través de los dolores de la muerte con el fin de volver a la vida y traer al hombre la prueba de una vida después de la muerte. Para llevar cabo esto. El apareció a sus amados discípulos y a los discípulos en Su cuerpo espiritual en I Corintios 15:6, Pablo dice: “Después apareció a más de quinientos hermanos juntos, de los cuales muchos viven aún, y otros ya no.” El anduvo con ellos y conversó con ellos para que pudiesen creer que lo que El había predicado, la inmortalidad del alma, era un hecho, y que después que el ser humano ha desechado su cuerpo físico, todavía vive en un cuerpo más sutil y más etéreo.
Pablo también facilita mucha esperanza en una vida después de la muerte en el capítulo quinto de II Corintios, versículos 1 y 2: “Porque sabemos que si la casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser sobrevestidos de aquella nuestra habitación celestial”. En el capítulo quince de I Corintios, Pablo de nuevo predica a aquellos que no tienen fe en la vida después de la muerte. Este maravilloso capítulo es usado por la mayoría de los ministros de la Iglesia para proporcionar consuelo y fe a los que han sido despojados por la pérdida de sus seres queridos. “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal y hay cuerpo espiritual.
Durante la antigua dispensación y a través de todo el Antiguo Testamento, el ser humano tuvo muy poca esperanza en una vida después de la muerte ya que para ellos la tumba le ponía fin a todo. Encontramos tal desaliento cuando leemos el noveno capítulo del Eclesiastés, quinto versículo, en el que se hace la declaración siguiente: “Porque los que viven saben que han de morir, mas los muertos nada saben, ni tiene más paga, porque su memoria es puesta en el olvido.”
Las Enseñanzas Rosacruces proclaman que el hombre es un espíritu inmortal hecho a la imagen de Dios, porque, ¿no se nos ha dicho en el versículo 26 del primer capítulo del Génesis que Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”?Luego, ¿si Dios es Espíritu y el hombre es hecho a Su imagen, podríamos seguir negando que el hombre no puede morir, o que si muriese, una parte de Dios moriría?. ¿Podría tal entidad llegar a ser él mismo un creador, como Dios lo ha destinado que sea, si una vida terrestre constituyese toda su existencia y si, cuando el hombre ha vivido sus setenta, ochenta o noventa años, saliese de la existencia sin ninguna oportunidad ulterior de llegar ser como su Padre celestial, perfecto? Si solamente se detuviese a reflexionar sobre este asunto, no podría sino convencerse de que la humanidad también debe seguir evolucionando, aprendiendo con el objeto de llegar a ser tan sabio como lo es Su Padre celestial, y de que esto no puede llevarse a cabo en los pocos años de una corta vida. Para aprender estas lecciones en la Tierra sobre la cual Dios nos dio el dominio, él debe retornar una y otra vez, y en cada encarnación debe tomar su cruz de materia (Su cuerpo físico.)
Es mediante el vehículo físico que aprendemos a convertirnos en creadores como el Padre celestial; este cuerpo es la herramienta que usa en sus esfuerzos por dominar las numerosas lecciones de la vida, de modo que pueda ser reconocido por su Padre celestial como un hijo. Este instrumento (el cuerpo físico), se cansa y se agota, y es necesario que al espíritu se le de tiempo de asimilar  y digerir toda la experiencia ganada en la Tierra. Por consiguiente, Dios ha dispuesto que el espíritu salga de esta antigua vestidura gastada y funcione en su cuerpo espiritual.
 Al ocurrir esto, el ser humano, limitado en su visión se aflige por este cambio. Cuando el gastado traje se desintegra y a su ser querido le es permitido funcionar en una vestidura o traje más sutil y etéreo, uno en el que el ser no está limitado por la distancia, ni en el que la materia física puede obstruir su progreso, entonces parece que la partida de su ser querido ha sido final. Este es el cuerpo espiritual del cual nos habla Pablo en II Corintios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. En este vehículo nuestros seres queridos pueden visitarnos y si bien es cierto que en nuestra ceguera podemos no tener los ojos espirituales con los cuales poder verlos, no por eso están ellos menos cercanos a nosotros. Ellos todavía se interesan por nuestro bienestar y cuando los necesitamos, no nos fallan; ellos nos animan y nos ayudan más a menudo de que creemos, aunque por nuestra aflicción podamos obstaculizar su progreso en esta nueva vida a la cual han sido llamados.
Cuando una persona cae en profundo sueño y su cuerpo físico queda inerte sobre el lecho, entonces está despierto y activo en el reino del espíritu. El cuerpo físico ya no le obstaculiza.
Sin embargo, está atado a  este vehículo por el cordón plateado, que le conduce de nuevo a su

cuerpo al despertar. Durante la inconsciencia del sueño, está en la tierra de los muertos que viven y si lo desea puede comunicarse con sus seres queridos, quienes están siempre cerca.
El estudiante d ela Fraternidad Rosacruz tiene esta certidumbre de su cercanía a aquellos que han pasado al mundo invisible en lo que comúnmente se denomina la muerte, y no se aflige como los otros que tienen esperanza. Sabe que sus seres queridos no se han alejado, sino que como dice John McCreery en su poema, “No hay muertos”: “ No están muertos. No han hecho sino pasar más allá de las nieblas que aquí nos ciegan, a la nueva y más grande vida de aquella esfera más serena.”
El conocimiento efectivo adquirido por el estudiante de estas avanzadas enseñanzas ha quitado el aguijón a la muerte, y sabe que los que han desechado sus cuerpos mortales, no están muertos sino que están gozando de la libertad propia d ela vida en los mundos espirituales. Están convencido de que Dios no construye la casa del alma del ser humano e inspira con fe y amor al espíritu humano, para luego derribarlo a la muerte, para destruir la propia obra de Sus manos. La humanidad es la obra maestra de Dios y como tal, esta chispa de divinidad individual hecha a Su imagen no puede morir, de otra manera una parte Dios sería destruida.
Jesucristo vino voluntariamente a la Tierra para ser encerrado en un cuerpo físico, sabiendo que el resultado sería traer fe y esperanza a la humanidad. El debió morir y resucitar, para probar así que la muerte es sólo una manifestación física, una liberación de un espíritu divino. El vino a una humanidad cegada por el miedo a la muerte, para quien la tumba era un abismo que se tragaba el alma y la perdía. El halló que la muerte era el rey de los espantos, y sabía que El era el único que podía restaurar la fe de la humanidad en una vida inmortal y proporcionarle la seguridad de ser un espíritu glorificado. El dejó estas consoladoras palabras que deben llevar solaz y fe a todos los que creen en El:
“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, de otra manera os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy vendré otra vez y os tomaré conmigo para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3)

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