Entradas populares

martes, 22 de septiembre de 2015

LA PIEDRA FILOSOFAL






           La energía creadora empleada por Dios para poner en manifestación un sistema solar, y la energía empleada por las Divinas Jerarquías para construir los vehículos físicos de los reinos inferiores en que han de encarnar las almas grupales, se manifiestan en la forma dual de voluntad e imaginación,  y es la misma energía masculina y femenina que se unen para crear un cuerpo humano. Hubo un tiempo en que el hombre era bisexual, y por lo tanto, cada individuo podía propagar la especie sin el concurso del otro. Pero la mitad de la fuerza creadora del individuo bisexual se consumió en construirle un cerebro y una laringe para que fuese capaz de crear mentalmente, de formar pensamientos y de enunciar la palabra de poder que los plasmara en realidad material.
En esta operación intervinieron tres grandes Jerarquías Creadoras: Los Ángeles Lunares, los Señores de Mercurio y los Espíritus Luciferianos de Marte.
Los alquimistas relacionaron a los Ángeles Lunares; que gobiernan las mareas, con el elemento sal: a los luciferianos espíritus de Marte con el elemento azufre ; y a los Señores de Mercurio con el metal  mercurio.
Se valieron de esta simbólica representación a causa, por una parte, de la intolerancia religiosa que no permitía otras enseñanzas que las sancionadas por la iglesia ortodoxa de aquella época; por otra parte porque no estaba todavía la masa general de la humanidad en disposición de comprender las verdades contenidas en la filosofía hermética.
También hablaban los alquimistas de un cuarto elemento, el ázoe, nombre en que entran la primera y última letras del alfabeto, como si quisiera significar la misma idea que “alfa y omega”, o sea que todo lo abarca e incluye. Se refería dicho elemento, a lo que ahora se llama el rayo espiritual de Neptuno, que es la octava de Mercurio o sublimada esencia del poder espiritual.
Sabían los alquimistas que las naturalezas físicas y moral del hombre se habían embrutecido a causa de las pasiones infundidas por los espíritus luciferianos, y que en consecuencia era necesario un proceso de destilación y refinamiento para eliminar tales características y elevar al hombre a las últimas alturas donde jamás eclipsa el fulgor del Espíritu la grosera envoltura que ahora lo encubre. Así es que los alquimistas consideraban el cuerpo como un laboratorio y hablaban del proceso espiritual en términos químicos. Observaron que este proceso comienza, y tiene su peculiar campo de actividad en la espina dorsal, que constituye el enlace entre dos órganos creadores: el cerebro o campo de operaciones de los inteligentes mercurianos, y los genitales en donde tiene su más ventajosa posición los lujuriosos y pasionales espíritus de Lucifer.
La tripartita columna vertebral era para los alquimistas el crisol de la conciencia. Sabían que los Ángeles Lunares eran especialmente activos en la simpática sección del espinazo que rige las funciones relacionadas con la conservación y bienestar del cuerpo , y designaban dicha sección con el elemento sal. Veían claramente que los luciferianos espíritus marcianos gobernaban la sección relacionada con los nervios motores que difunden la dinámica energía almacenada en el cuerpo por los alimentos y simbolizaban dicha sección con el azufre. La tercera sección, que señala y registra las sensaciones transmitidas por los nervios recibió el nombre de mercurio, porque decían que estaba regida por los espirituales seres de Mercurio.
Contrariamente a lo que afirman los anatómicos, el canal formado por las vértebras no está lleno de fluido, sino de un gas semejante al vapor de agua que puede condensarse cuando se expone a la acción atmosférica; pero que también puede sobrecalentarse por la vibratoria actividad del espíritu hasta un grado en que se convierta en el brillante y luminoso fuego de la regeneración. Este es el campo donde actúan las grandes Jerarquías espirituales de Neptuno, y le llamaron ázoe los alquimistas. Este fuego espiritual no es el mismo ni brilla igualmente en todos los hombres, sino que su intensidad depende del grado de evolución espiritual del individuo.
Cuando el aspirante a la vida superior estaba instruido en el misterio de estos simbolismos y había llegado la hora de hablarle con toda claridad, se le comunicaban las siguientes enseñanzas, aunque no con las mismas palabras ni de la misma manera. Pero de todos modos se la daba a entender claramente que “desde el punto de vista anatómico pertenece el hombre al reino animal e inmediatamente inferior a este reino está el vegetal constituido por las plantas, que son puras e inocentes, y se propagan libres de pasión, de modo que toda su fuerza creadora se dirige hacia la luz, donde se manifiesta en la flor cuya hermosura es un goce para quienes la contemplan. “Sin embargo, las plantas no pueden proceder de otra manera porque carecen de inteligencia, no conocen el mundo exterior ni actúan con libre albedrío. Tan sólo son capaces de crear en el mundo físico.
Más arriba del hombre en la escala de evolución están los dioses que crean en los planos físicos y espirituales. También son puros como las plantas porque toda su fuerza creadora se dirige hacia lo alto y se consume tal y como ordena su inteligencia. Conocen el bien y el mal y siempre obran bien a su albedrío.
Entre el reino de los dioses y el de las plantas está el hombre, un ser dotado de inteligencia, de poder creador y de libre albedrío para usar de él en bien o en mal. Sin embargo, en su presente estado se halla bajo el dominio de la pasión infundido por los espíritus de Lucifer, y así dirige hacia abajo, contrariamente a la luz, la mitad de su fuerza creador para halagar sus sentidos. Es indispensable variar esta condición antes de progresar espiritualmente; y por lo tanto conviene tener muy en cuenta la similitud entre la casta planta y los puros dioses espirituales, pues ambos dirigen toda su fuerza creadora hacia la luz.
En el transcurso de la evolución, el hombre ha trascendido la etapa del vegetal cuyo poder creador se limita al mundo físico y se asemeja a los dioses en que posee poder creador en los planos físico y mental, con libre albedrío e inteligencia para dirigir su poder.
Se obtuvo este resultado desglosando la mitad de la energía sexual y dirigiéndola hacia arriba para construir el cerebro y la laringe, órganos que todavía están alimentados y nutridos por la realzada mitad de la energía sexual.
Pero mientras los dioses emplean toda su fuerza creadora en propósitos altruistas con el poder de la mente, todavía el hombre desperdicia la mitad de su fuerza creadora en los deseos y placeres sensuales.
Por lo tanto, quien aspire a ser como los dioses debe aprender a dirigir hacia arriba toda su energía creadora y emplearla enteramente según las órdenes de la inteligencia. Sólo así podrá el hombre ser como los dioses y crear por el poder de su mente y de la Magna Palabra que equivalga al Fiat Creador.
Recuerde el hombre que en un tiempo fue hermafrodita físicamente como la planta y capaz de procrear por sí mismo. Mire ahora el porvenir a través de las perspectivas del pasado y advierta que su presente condición unisexual es tan sólo una temporánea fase de evolución y que en futuros tiempos ha de dirigir toda su energía creadora hacia lo alto, de modo que será espiritualmente hermafrodita, y capaz de plasmar sus ideas y enunciar la viviente palabra que les infunda vida y las haga vibrar con vital energía. Así expresada la dual energía creadora por medio del cerebro y la laringe es el elixir de vida que brota de la piedra viva del filósofo espiritualmente hermafrodita.
El alquímico proceso de enardecer y realzar esta energía se efectúa en la columna vertebral, donde se hallan la sal, el azufre, el mercurio y el ázoe. Los nobles y altos pensamientos, la meditación sobre puntos espirituales y el altruismo manifestado en la vida cotidiana ponen incandescente la médula espinal.
La segunda mitad de la energía creadora dirigida hacia arriba por la columna vertebral es el fuego espíritu-espinal serpiente de sabiduría. Va ascendiendo gradualmente, y cuando en el cerebro llega al cuerpo pituitario y la glándula pineal, pone en vibración estos órganos, abre los mundos espirituales y capacita al hombre para comunicarse con los dioses. Entonces irradia este fuego en todas direcciones, y penetra el cuerpo entero y su atmósfera áurica, y el hombre se convierte en una piedra viva, cuyo fulgor supera al del diamante o del rubí. Él es entonces la piedra filosofal.



No hay comentarios: