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lunes, 16 de noviembre de 2015

LA TEORIA DE LA VIDA Y LA MUERTE






Desde hace ya muchos años nos vienen diciendo diferentes teorías como respuesta a la pregunta que, tarde o temprano, nos hacemos todos ¿de dónde venimos, a dónde vamos y por qué estamos aquí?. Unos nos dicen que venimos de la nada, que vivimos una vida de muy diferentes formas y rodeados de casualidades y buena o mala suerte y que, después de la vida, nos existe nada y desaparecemos. ¿Construiríamos la mejor universidad del mundo para mandar a nuestros hijos un solo día a clase? Es como decir que, ¿Existe todo el universo para que nosotros disfrutemos de él una sola vida estando aquí en la tierra?
Otros nos dicen que somos un espíritu creado por Dios, que Él nos destina a vivir una vida determinada en la pobreza o en la riqueza, en la salud o en la enfermedad y que, después de la muerte del cuerpo físico, tenemos un estado de sufrimiento o felicidad en el infierno, purgatorio o cielo para el resto de la existencia según haya sido nuestra actitud en la Tierra. Por último, también dicen que no todos nos salvaremos.
Si somos hijos de Dios y Él es omnipotente y omnisciente, lo que significa que también lo somos nosotros en Espíritu ¿Cómo se va a perder o destruir alguno de sus hijos? ¿Por qué va a premiar o castigar a unos y a otros no, si Él mismo les pone en determinadas circunstancias buenas o malas, y  a veces se ven incluso obligados a hacer mal ¿Haría eso un Dios de Amor? Si nosotros, aún imperfectos, intentamos salvar a todas las personas que podemos en una catástrofe ¿Por qué no puede tener Dios –siendo Omnisciente y Omnipotente- un Plan por medio del cual no se pierda ninguno de sus hijos?
La enseñanza esotérica  dice que somos un Espíritu creado también por Dios, pero que por medio de dos principales Leyes de “Reencarnación” y de “Causa y Efecto”, está evolucionando en la tierra y que vida tras vida renace en un cuerpo de cada vez más perfectas cualidades físicas, mentales y espirituales. Quiere decir que somos un espíritu que está reencarnando desde hace millones de años y que en cada vida aprendemos una serie de cosas que nos hace evolucionar o elevar nuestra conciencia, mentalidad y moralidad.
Después de la muerte del cuerpo físico sacamos provecho de las experiencias y las unimos al fruto de las anteriores vidas, a esto normalmente lo llamamos “conciencia”. Esto significa que cada vida es más elevada puesto que hemos evolucionado más gracias a las actividades y al hecho de sacar el fruto de las mismas después de la muerte.
La vida es una escuela, y lo mismo que los niños van un día al colegio, aprenden, descansan y a otro día vuelven para aprender más, así nosotros somos Espíritus que estamos aprendiendo a través del renacimiento, hasta llegar a desarrollar todas las posibilidades latentes de Dios en poderes dinámicos. De esta forma, y por medio de la Ley de Causa y Efecto, cada uno recibe los efectos de las causas que cometió en otras vidas, –cosechamos lo que sembramos- pero siempre con la única y buena intención de que aprendamos y evolucionemos lo más que podamos en cada vida.
Esta misma Ley nos lleva a renacer junto a las personas con las cuales estuvimos en contacto en la vida anterior y que tenemos alguna deuda en común, así nos ayudamos mutuamente y damos y recibimos lo que merecemos de los demás, tanto en bien como en mal.
Se trata de experimentar en un cuerpo físico y en este mundo material para tomar conciencia de lo que es correcto y lo que no, de lo personal y lo espiritual, de lo verdadero y de lo falso, de lo útil y de inútil, etc., para así rechazar el odio y elegir el amor, rechazar los defectos y desarrollar las virtudes, no practicar el mal y intentar ser cada vez más altruista y humanitarios.
Esta teoría esotérica es la más lógica y razonable de todas las que existen y indica que nadie es más que nadie, sino que somos hermanos en espíritu y nuestra meta es ser todos perfectos por medio de la reencarnación y las Leyes Divinas que nos dan lo justo y de una forma amorosa para que evolucionemos cuanto antes.

                                      Francisco Nieto Vidal

 

 


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