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martes, 26 de abril de 2016

¿HEREDAMOS LOS DEFECTOS DE NUESTROS PADRES?






PREGUNTA: ¿Cómo explicáis el hecho de que un niño herede a menudo las malas características de sus padres?

Respuesta: Lo explicaremos contestando que no es un hecho. Desgraciadamente, la gente echa siempre la culpa de sus malos rasgos a la herencia, quejándose de sus defectos a sus padres, si bien se atribuyen a sí mismos el haber obtenido lo bueno. El mismo hecho de que distingamos entre lo heredado y lo propio, demuestra que hay dos aspectos en la naturaleza humana, el de la forma y el de la vida.
El hombre, el pensador, viene aquí equipado con una naturaleza mental y moral, completamente suya, tomando de sus padres solamente el material para su cuerpo físico.
Somos atraídos hacia ciertas personas por la ley de causación y por la ley de asociación. La misma ley que hace que los músicos busquen su compañía en los conciertos y que los deportistas se busquen en las carreras, etc., hace que las personas de tendencias, características y gustos semejantes nazcan en la misma familia. Así que cuando oímos decir a una persona, “sí, ya sé que soy un perezoso, pero mi familia no ha estado nunca acostumbrada al trabajo; hemos tenido siempre sirvientes”, demuestra solamente que la similitud de gustos, nada más, es suficiente para explicarlo. Cuando otra persona dice, “¡oh! sí, ya sé que soy extravagante, pero no puedo remediarlo; eso me viene de familia”, es otra vez la ley de asociación, y cuanto más pronto reconozcamos que en vez de inculpar a la herencia de nuestros malos hábitos, deberíamos tratar de conquistarlos cultivando en cambio la virtud, tanto mejor para nosotros mismos. No admitiríamos como excusa que el borracho nos dijera: “no, no puedo dejar de beber, todos mis compañeros beben”. Lo que haríamos sería aconsejarle que los abandonara en seguida y que afirmara su propia individualidad, y nosotros aconsejaríamos a todos que dejaran de inculpar a sus antecesores por sus malos hábitos.

Max Heindel

miércoles, 20 de abril de 2016

EL SENDERO PROBATORIO






El aspirante espiritual es constantemente probado, y nunca sabe dónde, cuándo, o cómo tendrá lugar la siguiente prueba. A menudo ocurre inesperadamente y bajo circunstancias que nunca asociaría normalmente con el asunto entre manos.

            La mayoría de las pruebas vienen durante la rutina ordinaria de la vida diaria y se refieren a cosas pequeñas, aparentemente sin importancia. Generalmente hablando, los aspirantes espirituales ya han conquistado las evidentes deficiencias de carácter, a las cuales la mayor parte de la humanidad está o estaba sujeta al mismo tiempo. Faltas más sutiles -a menudo errores de omisión más que de comisión- son ahora sus más grandes defectos. A menudo, también, sus errores probablemente sean de pensamiento más que de obra.

            Todos los miembros de la oleada de vida humana son probados antes de proseguir de un “grado” a otro en la escuela de la vida. Al aspirante espiritual se le da más que la parte ordinaria de pruebas por dos razones. Primera: debe probarse a sí mismo que es fiel en cosas pequeñas, antes de que se le pueda confiar el manejo de más grandes responsabilidades en la Obra. Segunda: es probado frecuentemente con el fin de que pueda tener la oportunidad de hacerse más consciente de faltas que necesitan corrección y ponerse en marcha para corregirlas.

            La mayoría de los novicios del sendero espiritual pronto comienzan a reconocer las faltas personales que antes no habían conocido. Con el tiempo, si son sinceros en querer corregir estas faltas, también se hacen conscientes de un poder interno que les ayuda a hacerlo así, un poder que se vuelve más fuerte a medida que intensifican sus esfuerzos.

            En este respecto, el ejercicio de “retrospección” es particularmente útil. Cuando reconsideramos los acontecimientos del día con calma y racionalmente, podemos ver exactamente cómo fuimos probados, y exactamente como los superamos  o fracasamos. Entonces, si tomamos en serio lo que así discernimos, somos capaces de mejorar nuestra conducta general y retener nuestros pensamientos y aspiraciones en un nivel más consistentemente alto. De esta forma, la conducta mejora en consecuencia y dominamos más y más nuestras pruebas. Al final llegamos al nivel de perfección que conduce a la Iniciación, y pasamos otro logro en nuestro sendero evolutivo.

            Nuestras pruebas son, entonces, escalones hacia el progreso, y como tales deben ser bienvenidas, en lugar de ser temidas.