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martes, 7 de junio de 2016

UN VIAJE PROLONGADO





            Cuando los Espíritus Virginales que se hallaban en la séptima Jerarquía Creadora comenzaron su largo viaje como una oleada de vida evolutiva, se hallaban completamente inconscientes. Pero en el curso del tiempo, bajo la dirección de exaltados Seres, fueron aprendiendo a construirse vehículos que los capacitaran para adquirir experiencia en cada plano o mundo de vida. A este proceso le llamamos involución porque es el descenso del Espíritu hacia la materia, esto duró eones y eones de tiempo. En realidad no es posible fijar datos o cifras de este período con sus múltiples recuerdos. Hallamos que al principio de esta larguísima jornada no había ni Tierra  ni Sol con sus respectivas rotaciones para poder medir el tiempo.

            La masa nebulosa que comenzó a formarse cuando Dios escogió el lugar del espacio para la creación de lo que  llegó a ser nuestro sistema solar, se hallaba caliente y oscura. Este es el período que nuestra filosofía llama “Saturno.” Heráclito, el filósofo griego que vivió quinientos años antes de Cristo, fue uno de los grandes pensadores de la antigüedad, cuyas ideas todavía sobreviven en parte. En el amanecer de nuestra historia, él expuso la teoría de que la primera creación de los planetas y todo aquello que existe en ellos fue creado por el fuego. En los fragmentos de sus escritos leemos “el fuego es un elemento creador y de sus transformaciones todas las cosas son nacidas.” El fuego condensado se transforma en vapor, el vapor se torna en agua; y el agua por medio de mayor condensación se hace mineral. Él llamaba a esto: “El movimiento de arriba hacia abajo” y explicaba el retorno a su fuente de origen así: “La tierra al rarificarse se torna en agua que por medio de evaporación vuelve a elevarse.” Los antiguos tenían varias teorías sobre la creación y los ciclos de actividad y esta simple fórmula todavía se mantiene en la actualidad.

            También leemos en los escritos de Heráclito que el retorno final hasta Dios, el espíritu puro, se realiza por medio de Luz. Este gran sabio debió hallarse en contacto con los grandes Maestros del espacio. Es una realidad que a medida que el hombre va evolucionando, su cuerpo difunde mayor luz y a medida que lentamente retornemos a Dios nos haremos más semejantes a Él y DIOS ES LUZ. Aún podemos pensar en el principio de la evolución como siendo un oscuro fuego que evolucionaba hacia mayor claridad o luz.

            Naturalmente, sabemos, con nuestros estudios del presente, que esta fórmula ha sido simplificada en exceso, pero con su ayuda nos es posible echar una ojeada a la realidad del comienzo de nuestro sistema planetario, mediante el ojo de un filósofo que vivió hace aproximadamente unos dos mil quinientos años. Entendemos que la humanidad se ha ido desarrollando sola y en grupos, de muchas maneras, y que nos falta mucho todavía para llegar a la meta de nuestra perfección.

            Los Espíritus Virginales, ahora hombres, fueron echando sobre sí distintos velos de sucesivamente mayor densidad de materia durante el gran viaje descendente de la evolución. Y cada nuevo velo hacía que fuese más difícil de entender su origen hasta que, finalmente, el ser humano fue totalmente separado de los demás espíritus y del suyo propiamente. Resulta ahora muy difícil poder penetrar en este caparazón de materia porque el hombre se ha tornado sobre el propio yo, viviendo cada vez más “para sí mismo” separado de los demás. Esto marcó su “ego-ísmo”. La conciencia de sí ha  sido adquirida mediante la pérdida del conocimiento de unidad de cada uno con todos, la unidad de todos los espíritus. Este fue un paso necesario para llegar a ser su propia individualidad. En realidad, en nuestra era materialista del presente, el hombre se ha divorciado de tal manera de Dios y de toda su parte espiritual que algunos de nosotros nos avergonzamos de mencionar a Dios y la palabra espíritu, por miedo de ser vistos como visionarios y tontos.

            La historia bíblica del Hijo Pródigo puede ser comparada con este viaje de los Espíritus Virginales, desde la inconsciencia hasta la conciencia creadora de sí mismos. En la casa de nuestro Padre hay muchas moradas, pero sentimos el ansia propia de salir, viajar y aprender por nosotros mismos. Es así que, un día dejamos la casa de nuestro Padre y viajamos a países lejanos donde las limitaciones propias de la materia nos enredan y distraen. El pecado y el sufrimiento no formaban parte del plan original, pero el hombre ejerciendo su libre albedrío fue tentado y sucumbió a la tentación, cayó en la materia del desierto del mundo y ahora debe conquistar ese elemento para liberarse un día de él. Es así que nos hallamos enfangados, enfermos, infelices y desorientados, pero guardamos todavía el recuerdo de mejores días “no completamente olvidados”, como nos dice el poeta. Todavía recordamos, aunque lejanamente, a nuestro Padre y ese sentimiento de anhelos y esperanzas nos ayudará a volver a Él.

            En su obra INICIACIÓN ANTIGUA Y MODERNA, Max Heindel escribió “Siempre, desde que el hombre, el hijo pródigo de nuestro Padre espiritual que está en los cielos, viajó hacia las selvas del mundo y comenzó a alimentarse de los sobrantes y desperdicios de sus placeres, que hacen que el alma perezca de hambre a costa del cuerpo físico, tal como lo haría éste en iguales condiciones, permaneció dentro del corazón una voz silenciosa urgiéndole a reconsiderar su situación y volver; pero la mayor parte de los hombres están tan ocupados por los placeres y los intereses materiales que no la oyen.”

            El masón místico se baña en la fuente del Mar Fundido, comienza a oír la voz del Maestro dentro de su propio corazón, la cual le enseña los secretos de la Profesión que él puede emplear para beneficio de los demás.

            En el Evangelio de San Lucas se halla registrada la parábola del Hijo Pródigo que Cristo relatara a la multitud que le seguía. En el primer versículo del capítulo conteniendo esta historia leemos: “Entonces llamó Él a todos los publicanos y pecadores para hablarles.”

            Se nos dice que un hombre tenía dos hijos. Podemos interpretar esto por los dos tipos de seres humanos, los místicos y los ocultistas. El más joven de sus hijos tenía necesidad de salir al mundo para conocer y vivir todas las experiencias del peregrinar deambulante.

            Recibió la porción que su padre le dio generosamente y se marchó a un país lejano, donde dilapidó su fortuna. Y muy lejos de su medio y fuente de existencia se marcharon también los Espíritus Virginales. El Hijo Pródigo empleó la herencia que había recibido de su padre en una vida disipada y escandalosa, como tantas veces acontece. Pero de pronto toda su vida cambió. Comenzó a sentir hambre, no tenía que comer. Aún el alimento de los cerdos hubiese deseado comer con deleite pero ni siquiera éste tenía. Fue entonces cuando volvió en sí, recordó su origen y se hizo consciente de su verdadero Yo interno, de su más elevado ego. Recordó a su Padre a quien casi había olvidado y la casa de su padre donde siempre había abundancia de todo para comer y vestir. Comprendió entonces que si se hubiera quedado con él nunca hubiera sufrido esta miseria ni padecido esta hambre. Es aquí , ante esta situación cuando el hombre decide volver a Dios y hallar a su Padre y todo lo bueno que había perdido.

            Sabemos bien que el hombre no aprende por cabeza ajena, que le son muy necesarias las tristes experiencias para despertar, que necesita vivencias de esta índole para valorar lo que tenemos, velar por ello y no volver a perderlo. A muchas personas les es necesario sufrir estos desconciertos para cambiar sus ideas y conceptos, de tal modo que puedan exclamar: “Me levantaré y volveré a mi Padre.” El hijo debe hacer su parte, no puede permanecer impunemente en el lodo. Debe despertar y levantarse para retornar a la luz, aún cuando lo haga lentamente.

            Cuando el hijo volvía a la casa de su padre, hallándose todavía muy lejos, su padre lo vio y manifestó una gran misericordia, le esperó y cayendo alrededor de su cuello lo abrazó y le besó.

            Esta gran compasión inmediata del padre por el hijo arrepentido debería concedernos verdadera fe y valor. ¡Qué pronto somos reconocidos por él cuando nos arrepentimos y volvemos en busca de su perdón! Cuando conscientemente nos decidimos a abandonar las tinieblas y luchamos por alcanzar la Luz, ya no nos hallamos solos. Al dar ese paso estamos vigilados y cuidados por Él, porque  “Hay más gozo entre los Ángeles en la presencia de Dios por una pecador que se arrepienta.”

            El Padre le dio el mejor “vestido”, un anillo para su mano y zapatos para sus pies. Y alegremente dijo: “Porque éste mi hijo muerto era y ha resucitado, se había perdido y fue hallado.” El hermano mayor que había quedado con el padre no se halló satisfecho con la recepción festiva a su hermano menor, y esto parece ser perfectamente comprensible desde el punto de vista humano. El había permanecido en su hogar sirviendo y obedeciendo todas las órdenes del padre con todo gusto, sin posible vacilación; pero  por eso no hubo recibido ni siquiera un saludo especial ni ninguna atención. Es siempre difícil par el que no ha sufrido derrotas ni combates, ni enfermedades, ni hambre, comprender la alegría que se siente por un arrepentido, comprender el gozo con el que se saluda al que vuelve al redil, al orden establecido.

            Pero el padre comprende también al hijo mayor, pues su contestación a su queja lo demuestra cuando le dice: “Hijo tu siempre has estado conmigo y participado de todo lo mío, porque todas mis cosas son tuyas también.”

            La ley de las compensaciones siempre actúa. El hijo menor conoció el hambre y la ruina, el desprecio de los hombres por su vida disipada e inconsciente y todo esto le hizo entrar en nuevas consideraciones y nuevas experiencias y lo convertiría en un ser compasivo hacia quienes les pudiera pasar igual. Pero el hijo mayor, por su trabajo constante, su fidelidad, su persistencia en el bien obrar al lado de su padre, habría estado ganando terreno y tiempo, poder, amor y sabiduría, todo lo cual le estaba ayudando en su viaje hacia arriba aunque no pudiera él ver ese adelanto y esa realidad.

            De este modo, nosotros, como espíritus Virginales, como hijos pródigos, hemos dejado también el hogar de nuestro Padre Celestial, inconscientemente.

            Durante los Períodos Solar, Lunar y más de la mitad del Período Terrestre, hemos construido nuestro triple cuerpo y adquirido un abrigo para nuestra mente. En la actualidad nos hallamos sumidos en la materia, pero la pequeña y suave voz del Espíritu nos recuerda casi constantemente nuestra herencia y, sepámoslo o no, nos estamos volviendo hacia nuestra meta, Dios.

            Construimos nuestros cuerpos durante la involución por medio de la gran ayuda de Potentes Jerarquías Constructoras, pero durante la evolución desarrollaremos mucho mayor crecimiento y habilidades creativas. La culminación de todos estos esfuerzos, cada vez más conscientes y elevados, sucederá en los Períodos de Júpiter, de Venus y de Vulcano.

            Si nos apresuramos a caminar en la Luz, como Él –Dios– está en la Luz, retornaremos al Padre del cual vinimos, pero habremos adquirido antes una conciencia creadora por nuestros propios medios.

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