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viernes, 24 de febrero de 2017

H.P: BLAVATSKY Y LA DOCTRINA SECRETA ( I )



H.P: BLAVATSKY Y LA DOCTRINA SECRETA - MAX HEINDEL

Introducción por Manly P. Hall

Habría una gran pérdida para los estudiantes del misticismo y la metafísica si este
pequeño ensayo acerca de H. P. Blavatsky y “La Doctrina Secreta” no hubiera tenido la
oportunidad de ser impreso.

Max Heindel, el místico Cristiano, hace homenaje a Madame Blavatsky, la ocultista
Oriental. Él mira sobre las pequeñas diferencias que dividen el Oeste y el Este y los
reconcilia en la gran sabiduría que ha fluido desde Asia, fertilizando las llanuras del mundo
del pensamiento. Grande es la mente que se regocija en la grandeza de otras mentes. El
tributo de Max Heindel a la memoria y trabajo de Blavatsky y sus Maestros es un gesto de
extrema belleza en un mundo egoísta a ese tipo de impulsos nobles.

Vivimos un código de crítica y condenación con muy poca apreciación de los
trabajos de otros. Las sectas y creencias construyen paredes a su alrededor, y solo las almas
heroicas en quienes las percepciones espirituales están verdaderamente despiertas pueden
escalar sobre estas limitaciones imaginarias.

Rememora los libros que has leído y recuerda cuán sabio es que un escritor hable
bien de un colega. Cada hombre, atrapado en sus propias opiniones, da escasa relevancia a
las opiniones de los demás. Hay muchos maestros en este mundo que instruyen con
palabras pero solo unos pocos instruyen con el ejemplo noble de la hazaña de la
generosidad.

En el libro de texto de la metafísica Cristiana, “El Concepto Rosacruz del Cosmos”,
Max Heindel se refiere a Madame Blavatsky como “una estudiante fiel de los Maestros
Orientales” y en el mismo párrafo él habla de su gran libro “La Doctrina Secreta” como un
“excepcional trabajo”. Con su profunda apreciación de los valores espirituales Max Heindel
fue eminentemente calificado para reconocer el mérito del trabajo fundamental de Madame
Blavatsky.

El misticismo Cristiano está aquí revelado como un sincero estudiante del ocultismo
Oriental. Su resumen de La Doctrina Secreta en la segunda parte de este libro revela un
entendimiento extraordinario de los principios sobresalientes del monumento de las
tradiciones espirituales de Asia. En un resumen conciso y palabras simples el señor
Heindel recapitula Cosmogénesis, la creación del mundo, y Antropogénesis, la creación del
hombre. Tanto los Rosacruces y Teosofistas, que son de hecho estudiantes sinceros de las
ciencias ocultas, se verán beneficiados al estudiar este resumen.

El manuscrito de este libro puede considerarse como el primer esfuerzo literario de
Max Heindel. Es el comienzo de una literatura metafísica considerable dedicada a la
aplicación de un idealismo místico en los problemas que ha diario vive y afligen a la raza
humana. Ha sido escrito que “el primero será el último”. Este pequeño libro trae a
impresión el único manuscrito no publicado de Max Heindel. El manuscrito original
consistía de las notas de dos lecturas liberadas ante de la Sociedad Teosófica en Los
Ángeles. En los años que siguieron a la preparación de estas lecturas, Max Heindel
incrementó grandemente su conocimiento místico y fue reconocido como el primer
Cristiano Místico de América. Sin embargo, su reverencia y respeto por Madame Blavatsky
no fue alterado, y hasta el día de su muerte siempre se refirió a ella en términos de
admiración suprema. Fue a través de las escrituras de Blavatsky que Max Heindel recibió
en su vida sus primeros conocimientos de las ciencias ocultas. Reconoció que la primera
ley del ocultismo es la gratitud, y su alma pura preservó hasta el final un hermoso espíritu
de gratitud por la inspiración y la instrucción que obtuvo de La Doctrina Secreta.
Ambos, Madame Blavatsky y el señor Heindel, dedicaron sus vidas al servicio de la
humanidad. Cada cual fue devoto a la diseminación del conocimiento espiritual. Ambos
recibieron a cambio mayormente ingratitud, persecución y mal entendimiento. Ambos
sufrieron de la hipocresía de los amigos y aprendieron cuán cruel el mundo puede ser para
aquellos que buscan educar y mejorar. Solo el líder de un movimiento espiritual puede
saber cuán pesada es la responsabilidad de liderazgo. Madame Blavatsky había pasado ya al
mundo espiritual antes que Max Heindel comenzara su ministerio. Ellos nunca se
encontraron sobre el plano físico. Aunque negó conocerse personalmente con la gran
ocultista Oriental, Max Heindel llegó a entender a Blavatsky a través de años de servicio a
los mismos elevados ideales. Él llegó a entenderla solo como un místico puede llegar a
hacerlo, y su apreciación de su lealtad y su paciencia fueron profundizadas por las
adversidades que él mismo padeció.

Ambos, H. P. Blavatsky y Max Heindel dedicaron su vida a un servicio hermoso a
las necesidades espirituales de la raza. Ambos fueron alcanzados, tuvieron el momento de
su transición en edad temprana, quebrantados por las responsabilidades y las persecuciones.
Ambos han dejado un legado a las generaciones por venir de una literatura metafísica que
sobrevivirá las vicisitudes del tiempo.

El verdadero propósito del misticismo, es perpetuar, interpretar y aplicar el
idealismo de la raza. Los hombres van tras la religión por necesidad de tener una guía,
inspiración y consuelo en sus vidas. Queremos que la religión permanezca tras nosotros
cuando tratamos de vivir honestamente nuestras vidas. Queremos saber que existe en algún
lugar del mundo un cuerpo de gente unida que sostienen los valores espirituales en un
mundo de manifestaciones materialistas desquebrajadas. Nosotros buscamos inspiración.
Queremos ideales. Queremos un propósito respetable para unirnos en acción. Nosotros
deseamos establecer en este valle de lágrimas una estructura espiritual que se elevará sobre
la monotonía. Queremos salir a la vida reconociendo nuestras instituciones como oasis en el
desierto del materialismo.

La civilización está sufriendo un dolor convulsivo al encontrarse en un período de
gran reconstrucción. Como nunca antes en los registros de la historia, el hombre está
buscando soluciones a problemas inminentes y eminentes. Las similitudes entre la Iglesia y
el Estado están quedando fuera de alcance para sostenerse de algo que es seguro, algo a qué
adherirse cuando el mundo que ellos han conocido pase al olvido. En todas las partes del
mundo civilizado hay hombres y mujeres devotos a las interpretaciones místicas de la vida.
Estos hombres y mujeres están dedicados a un código de ética espiritual que tiene como
fundamento dos grandes principios: La Paternidad de Dios, y la Hermandad del Hombre.
Estos estudiantes están en la mayoría de las partes organizados en varios grupos grandes y
pequeños por la expresión del propósito del perfeccionamiento propio y el mejoramiento
social. Estos grupos pueden ser clasificados en dos categorías: Primero, aquellos cuya
inspiración es fundamentalmente Cristiana y aquellos esencialmente Orientales. Mientras
estos grupos son divididos, por énfasis, los propósitos fundamentales que buscan alcanzar
son idénticos. Todos los movimientos religiosos iluminados tienen como su principal meta
y propósito la regeneración del hombre, de manera individual y colectiva.

Max Heindel fue pionero en el Misticismo Cristiano y Madame Blavatsky fue
pionera en el Ocultismo Oriental. Ambos establecieron sistemas de pensamiento que se
esparcieron rápidamente a través de las almas hambrientas de la humanidad. No solo
salieron de organizaciones por iniciativa propia, pero las semillas que habían plantado en el
corazón de los hombres habían germinado y dio fruto en muchas partes del mundo, donde
otras organizaciones se habían establecido sobre líneas similares. Por lo tanto, hay una
considerable cantidad de místicos y ocultistas en América y su número es incrementado
cada día por diligentes hombres y mujeres cuyos corazones y mentes están exigiendo a
gritos una explicación razonable para los cambios que están sucediendo en la sociedad.
Casi todos los estudiantes ocultistas de América conocen el trabajo que Madame
Blavatsky y Max Heindel han completado. La vida de estos dos religiosos fundadores es un
constante cambio a un mayor esfuerzo espiritual y más devoción altruista. Si admiramos a
estos grandes líderes, desearemos promover su trabajo por la perpetuación inteligente a
través de la palabra y la acción.

Durante el período de la Segunda Guerra Mundial la metafísica perdió una gran
oportunidad de hacer una contribución permanente a la raza al permitirle que se
desquebrajara a sí misma en disputas y controversias internas. Las organizaciones que
debieron estar dedicadas al servicio altruista de la humanidad, desperdiciaron su energía en
vanos argumentos sobre asuntos personales de poca importancia, si es que alguna
importancia tenían.

Nuestra crisis presente es mucho mayor que la de la Segunda Guerra Mundial. La
totalidad de la civilización actual está luchando contra el egoísmo y la corrupción. Una
nueva y gran oportunidad está en nuestras manos para la aplicación de soluciones
espirituales a los problemas materiales. Es la obligación moral de todo individuo
espiritualmente iluminado, olvidar todas las diferencias, sacrificar todas las ambiciones
personales, y comprometerse nuevamente a dedicar todos sus esfuerzos a los grandes
ideales que vieron la luz gracias a varias sociedades y órdenes.

Durante el gran período del “boom”, inmediatamente precedido por la presente
crisis económica, las sociedades místicas fueron infectadas por el bacilo de la abundancia,
ambición personal y explotación. Las personalidades eclipsaron principios, y los individuos
y las organizaciones se alejaron de esas simples verdades que son la esencia de la vida
inteligente. Entonces vino el colapso. Los valores materiales cayeron cual plomada en una
insondable profundidad. Las ambiciones fueron arrastradas por los vientos y la raza fue
confrontada con problemas que solo podían ser resueltos a través de la restitución de los
valores espirituales y un nuevo compromiso por parte del hombre y las organizaciones a los
principios de verdad e iluminación espiritual.

Supón que justo hoy H. P. Blavatsky, la leona de la Sociedad Teosófica, tuviera que
regresar del Amenti de la sabiduría, y debiera demandar cuentas de los miembros de la
sociedad que ella fundó. Quién podría permanecer en pie frente a ella y decirle: “Mi amada
Maestra, hemos hecho lo mejor que ha estado a nuestro alcance, hemos permanecido fieles
a ti y a los Maestros de los que hablaste”. Cuántos podrían decir: “Hemos sido honestos,
amables, justos e imparciales; hemos cortado con hacha la verdad que nos diste; hemos
diseminado tu mensaje; hemos leído tus libros; la mayoría de nosotros permanece
absolutamente libres, como tú declaraste, de todas las alianzas y enredos desastrosos”.
Cuántos podrían decir: “Aquí está tu Sociedad, tan limpia y pura como cuando tú nos la
diste”. ¿Podrían los Teosofistas hacer esto o quedarían avergonzados e incapaces de mirar a
los ojos, cargados de una gran tristeza, a la primera y más grande Teosofista?. ¿Podría
Madame Blavatsky caminar por los corredores de Adyar y mirar a aquellos que la
representan en el siglo veinte y decirles, “bien hecho, fieles servidores”?. Si ella no pudiera
decir esto, ¿por qué no podría?. ¿Será acaso porque ellos han recordado el nombre de ella,
pero han olvidado su trabajo?. ¿Será acaso por la debilidad de hombres y mujeres
insignificantes que han olvidado el mayor de todos los bienes elevándose a sí mismos sobre
los ideales que han derrumbado?. Los Teosofistas del mundo, comprométanse nuevamente
a sí mismos, con el noble espíritu que estuvo entre ustedes, cuya labor es vuestro bienestar,
cuyos ideales son vuestros propósitos, y su sacrificio altruista es la piedra angular de
vuestra organización.

Supongamos, en el mismo espíritu, que Max Heindel regresara a los campos de sus
labores terrenales, y en su simple gabardina caminara entre sus seguidores, preguntándoles:
“Hermanos y hermanas, ¿se han amado los unos a los otros?. Yo planté un jardín de rosas
de virtudes; ¿lo han atendido cuidadosamente?. Mi nombre está en sus labios, ¿pero está mi
trabajo en sus corazones?. ¿Han sido sinceros los unos con los otros?. ¿Han realizado sus
labores de manera impersonal y altruista?. ¿Han amado con tan grande amor a nuestro
Padre Celestial que han amado a todos los hombres también?”. ¿Cómo le contestarían Los
Rosacruces?. Podrían decir, “Amado Hermano, nuestra constante inspiración, hemos
cumplido nuestra promesa realizando tus trabajos con humildad y gentileza. No ha habido
orgullo entre nosotros, ni egoísmo o trabajo personal, ni pequeñas ambiciones a un gran
costo. Aquí está la Fraternidad que nos diste en custodia. Podemos regresarla tan hermosa,
tan limpia, tan unida en un propósito santo como tú intentaste que fuera. No hay cosas
pequeñas como tomar en cuenta los títulos aquí; no estamos unidos en cosas
insignificantes, sino en grandes cosas. En los quince años desde que tú pasaste a una vida
grandiosa hemos buscado de hacer tu trabajo. Somos como intentaste que fuéramos –
hombres y mujeres en quienes no se encuentra la mala fe.

¿Podrían estas palabras ser ciertas?. Si no, ¿por qué no serían ciertas?. ¿Es el
hombre demasiado débil para llevar a cabo un buen trabajo?. ¿Son sus pequeñeces muy
grandes y sus grandezas muy pequeñas?.

Si tuviéramos que sentirnos avergonzados si nuestros líderes tuvieran que regresar a
nosotros otra vez y supiéramos que les hemos fallado, nos comprometeríamos de nuevo a
nosotros mismos con ellos. Permitamos que el espíritu de H. P. Blavatsky renazca en el
corazón de cada Teosofista y el espíritu de Max Heindel viva otra vez en el corazón de cada
Rosacruz. Cuando este tiempo llegue, y llegará, los místicos y los ocultistas del mundo
puedan unir sus manos a través del golfo de sus diferencias y, unificarse en propósito, ser
una armada de reconstrucción espiritual marchando como los profetas de antaño en la
vanguardia del progreso.
Manly P. Hall, mayo 1933

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