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jueves, 25 de mayo de 2017

H. P. Blavatsky y la doctrina secreta IV




Una vez concedidos, los fenómenos eran necesarios en ese tiempo, ya que una vez presentados, era difícil liberarse de ellos una vez que habían servido a su propósito. Todos venían con la impaciencia de tener su curiosidad satisfecha, y si eran decepcionados, se iban encolerizados e indignados, listos a denunciar los fenómenos como un fraude. Entonces, en su ansiedad por el bienestar de la Sociedad, la pobre H. P. B. continuó su trabajo, a expensas de saber que estaba malgastando su vitalidad, dando casi de manera literal su sangre vital por el bienestar de la organización.
Después que la Sociedad fue bastante bien establecida, llegó la oportunidad de tener facilidades y comodidades para el resto de sus días. ¿Podemos imaginar qué significaba eso? Imaginemos a Madame Blavatsky en su pequeño apartamento con nada más que una recamara, que compartía con la Condesa Wachmeister. En ese oscuro y viejo pueblo alemán, ella era virtualmente una exiliada entre gente extraña. Aquí ella permanecía frente a su escritorio por doce a catorce horas al día, y a menudo era en las más improvisadas circunstancias. Entonces llegó la oferta del periódico. Ella podría escribir acerca de cualquier cosa que quisiera, y recibir un salario que la colocaría fuera de los límites del deseo, todo por dos horas al día de su tiempo. Aparentemente, solo habría requerido un pequeño sacrificio de su tiempo, pero H. P. B. sabía más. Sabía que no podría escribir para los periódicos y escribir “La Doctrina Secreta” también.
Sin temor alguno, ella escribió la carta declinando la oferta, y añadió otro sacrificio a la larga lista de los que había hecho en el altar de la Sociedad y la humanidad. De Wurzburg, Madame Blavatsky fue a Elberfield, donde estuvo con Madame Gebhard. Aquí parece que solo hizo un pequeño trabajo, si hizo alguno, en “La Doctrina Secreta”, debido al hecho de que se cayó y se torció su tobillo. Sus amigos, amablemente la atendieron, pero se recuperó muy lentamente. Su hermana y su sobrina fueron enviadas para cuidarla, y con ellas se fue a Ostend, desde donde escribió a la Condesa Wachmeister: “Sí, trataré de continuar una vez más con “La Doctrina Secreta”, pero es difícil. Estoy muy débil. Siento que soy desagradecida, ya que la gratitud siempre ha sido mostrada en la simbología antigua como residiendo en los talones de la gente, y habiendo perdido mis piernas, ¿cómo puedo esperar tener algo de ella?”. Después escribió: “Mis pobres piernas han dividido la sociedad con mi cuerpo. Ahora estoy como inválida como cualquier elemento puede ser, y no conozco una sola alma en Ostend; no hay una persona rusa solitaria solo yo, quién preferiría ser una turca y regresar a la India, pero no puedo, porque no tengo las dos piernas o reputación, de acuerdo a los cargos infames de The Society for Psychical Research”.
Pronto, después de eso, la Condesa Wachemeister otra vez acompañó a H. P. B. Ellas tenían visitantes de Inglaterra, Alemania y Francia ya que Ostend era fácilmente accesible desde dichos países. Madame Blavatsky escribió constantemente, que pensaba que su salud era escasa y frecuentemente se preocupaba, como se evidencia en el siguiente extracto de una de sus cartas en la que dice: “Porque las mentiras, hipocresía y el Jesuitismo reinan supremos en este mundo, y yo no estoy y no puedo estar, por lo que parezco condenada. Porque estoy cansada de la vida y la lucha con la Piedra de Sisyphus y el eterno trabajo de los Danaides, y no tengo permitido salir de esta miseria y descansar porque soy una de tantos sobre la tierra, estoy condenada”. Este estado mental fue probablemente ocasionado, principalmente por su salud tan extremadamente débil que pronto se convirtió en una crisis, cuando ella estaba afectada Max Heindel fuertemente con un problema del riñón. El doctor belga dijo que ella no podría vivir mucho tiempo más, y en su desesperación la Condesa telegrafió al doctor Ashton Ellis, uno de los miembros de las Sociedad Teosófica en Londres, quien inmediatamente vino a Ostend. Él no sostuvo una esperanza mayor que la del doctor belga. Ambos estaban de acuerdo que ellos nunca habían conocido a una persona que tuviera tan dañado el riñón y viviera tanto. Parecía como si “La Doctrina Secreta” no fuera a ser terminada, por lo menos no por H. P. B. Ansiosos y dolorosos estaban los corazones de aquellos que la rodeaban.
 La pena de la Condesa Wachmeister llegó a ser tan grande que se debilitó en gran manera. Ella se recuperó y continuó estando casi de manera constante al lado de la cama de la mujer enferma. Despertando cierta mañana después de una corta siesta, estaba sorprendida de ver a Madame Blavatsky sentada en la cama, mirándola tranquilamente. “¡Condesa, venga aquí!. La Condesa obedeció, preguntando: “¿Qué sucede H. P. B.?. Se mira diferente”. Ella replicó, “Sí. El Maestro ha estado aquí. Él me dio a elegir, morir y ser libre si pudiera o vivir y terminar “La Doctrina Secreta”. Él me dijo cuán grande serían mis sufrimientos, y que terrible tiempo tendría ante mí en Inglaterra (porque yo voy a ir allá) pero cuando pensé en aquellos a quienes yo estaría permitiendo enseñarles unas pocas cosas y de la Sociedad Teosófica, para quien he dado la sangre de mi corazón, acepté el sacrificio.” Ella entonces pidió algo de desayunar para sorpresa y alegría de sus amigos, se levantó y fue al comedor, donde luego recibió a un abogado y al Cónsul Americano, quienes habían llegado para supervisar que se cumpliera su voluntad.
Uno puede imaginar el cambio de expresión en sus caras cuando, en vez de estar ante la presencia de una mujer moribunda, encontraron a Madame Blavatsky sentada en su sillón con una apariencia de lo más saludable. Así una vez más el espectro de la muerte había sido alejado, y H. P. B. había tomado otra oportunidad en la vida. El siguiente visitante fue el Dr. Keightley y el Sr. Bertram Keightley de Londres, quienes insistían urgentemente con invitaciones a Madame Blavatsky a venir a Londres. Con esto, ella finalmente dio su consentimiento. La Condesa dejó Ostend para irse a Suiza, y poco después H. P. B. viajó a Londres, donde junto con los Keightley ocupó una pequeña cabaña llamada Maycot. Aquí el manuscrito de “La Doctrina Secreta” fue terminado. Este formaba una pila de tres pies de alto (.95 mts) cuando fue dado a los Keightley para su corrección de sintaxis, puntuación y deletreo. Los Keightley encontraron que este no había sido escrito de una manera consecutiva, y trazaron un plan para reacomodarlo el cual fue aprobado por Madame Blavatsky. El manuscrito entero fue entonces escrito a máquina. Justo antes de que este trabajo se terminara, H. P. B. y sus amigos se mudaron al 17 Lansdowne Road, Nothing Hill, Londres, donde ellos se reunieron con la Condesa Wachmeister y otros, y se estableció el primer cuartel general. Este estaba primero arreglado para publicar “La Doctrina Secreta” por el Sr. George Redway, quien estaba publicando “Lucifer”, la revista que había sido fundada poco antes por H. P. B., y que desde entonces había sido llamada “La Revista Teosófica”, pero como su propuesta no fue financieramente satisfactoria, un amigo de Madame Blavatsky ofreció en dar el dinero, abriéndose una oficina en Duke Street, Londres, siendo el principal Max Heindel objetivo el permitir a la Sociedad Teosófica el obtener beneficios de sus escritos.
 De la historia posterior del escrito de “La Doctrina Secreta” hay muy poco que decir, aparte de que fueron necesarios muchos meses de trabajo duro antes de que finalmente estuviera listo para la imprenta. H. P. B. leyó y corrigió dos juegos de prueba de segundas, un juego de páginas de prueba y finalmente una revisión de hojas de corrección, alterando y añadiendo hasta el final, con resultado de que solo el pago a los impresores por correcciones fue de $ 1,500 dólares. Tal es la historia de “La Doctrina Secreta”, una historia en que, como el libro en sí mismo, es ridiculizada por la mayoría de la gente, no obstante su autentificación por parte de muchas personas con vidas libres de culpa y de razonamiento saludable. Como en el caso de Copérnico y otros, algún día el mundo despertará y encontrará que esta mujer tan sabia estaba en lo correcto. ¿Será un monumento levantado para ella? ¿Quién lo sabe?. Si esto ocurrirá o no, el hecho permanece que en “La Doctrina Secreta” en sí misma y en el afecto con el cual el autor es estimado por cada estudiante que ha sido ayudado por ella es un monumento más duradero que el mármol o el bronce. Aunque los Maestros fueron los autores actuales del trabajo, no debemos olvidar que fue el celo y la dedicación de H. P. B. que tan excelentemente calificó como un instrumento para su uso; y sin ese celo y dedicación, hoy no poseeríamos tan grande y moderno trabajo de ocultismo, “La Doctrina Secreta”.

Max Heindel

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